
Hay momentos en la política argentina donde los gestos pesan más que los discursos. Sergio Massa, experto como pocos en la orfebrería de la ambigüedad y los tiempos del poder, volvió a quedar en el centro de la escena. Y no fue precisamente por alguna propuesta de reordenamiento para un peronismo golpeado, sino por las fotos e informaciones que lo ubican de regreso de un descanso en las playas de Barbados, a bordo del avión privado del empresario Francisco De Narváez.
Por: Sebastián «Tecla» Farias
Desde el entorno del exministro explicaron que se trató de una invitación de un amigo de hace 16 años para agasajar a la pareja por sus tres décadas de matrimonio. En el plano íntimo, nada que objetar. Sin embargo, todo es político, impacto y costo y nadie es inocente, menos el dirigente de Tigre.
El problema no es la amistad ni el festejo personal; el verdadero «ruido» es la desatención a quienes siguen expectantes. Apenas días antes de embarcarse al Caribe, Massa encabezaba reuniones clave con gobernadores y referentes del PJ en hoteles porteños para discutir la estrategia opositora. Pasar sin escalas de una rosca que intenta empatizar con una sociedad agobiada por el ajuste, al confort de un jet ejecutivo pagado por un peso pesado del mundo empresarial, hace ruido (y debe generar ruido).
¿Dádiva?
El tablero político parecía estallar hace cosa de una semana con el escándalo proveniente de Avellaneda con Jorge Ferraresi en el centro de una escena que parece diluída y en la que el arbitro de un partido eterno dice «siga, siga» (según confirmaron a este periodista, sigue en pie su carrera por la gobernación); a la vez que el caso Massa alimenta el estereotipo que más oxigena a sus adversarios: el del dirigente desenchufado de la realidad cotidiana de la calle. Mientras la dirigencia tradicional insiste en que comprende el sufrimiento de la clase media, se termina confirmando la sospecha de que, para la elite política, la crisis siempre se mira desde arriba. Solo recordar un término acuñado hace mucho tiempo y que se naturalizó a tal punto que fue despojado de su sentido literal: «Bajar a territorio».
Esta falta de cuidado se puede traduciur a los distritos bonaerenses, la lupa ciudadana sobre los intendentes y jefes territoriales debe ser más cuidada y responsable. Con el colega Ruben Molina ayer intentábamos: «¿A la gente no le importa?». Los jefes comunales, que suelen construir su legitimidad en el contacto diario «a pie de calle» y en la gestión de la coyuntura del vecino, quedan expuestos a la misma condena social cuando quedan envueltos en viajes de lujo o exhibiciones de opulencia. La sociedad ya no diferencia la escala del cargo: el reproche por los privilegios alcanza por igual al barón territorial que al dirigente nacional.
Massa sabe que un dirigente con aspiraciones de conducción no puede permitirse el lujo de la ingenuidad. Cuando la política se reduce a un juego de privilegios compartidos entre amigos influyentes, el discurso pierde potencia y el liderazgo, sustancia. Al final del día, el problema no fue el viaje en sí, sino el recordatorio involuntario de que la distancia entre la agenda de los políticos y la vida de la gente sigue siendo de varios miles de pies de altura y a kilómetros de distancia.


































