Candidatos «ousiders»: La ilusión de la renovación y el riesgo del cheque en blanco

Ante la erosión del crédito de la dirigencia tradicional, la figura del outsider vuelve a erigirse como el elegido de un electorado fatigado. Sin embargo, convertir la ajenidad política en la única garantía de idoneidad entraña un peligro severo: confundir el síntoma con la solución y depositar la gestión de lo público en liderazgos que priorizan el impacto comunicacional por sobre la construcción de consensos e institucionalidad.

Por: Sebastián «Tecla» Farias

Cada vez que la insatisfacción social alcanza un límite, el escenario reacciona con una receta conocida: la búsqueda del outsider. En los sondeos y en las conversaciones públicas empiezan a medirse nombres ajenos a la función pública tradicional. Se testean perfiles que van desde la alta gerencia corporativa hasta el ecosistema de medios, el streaming o líderes religiosos de convocatoria masiva. Nombres como el empresario Marcos Galperin, el comunicador religioso Dante Gebel, el banquero Jorge Brito o el hombre de medios Daniel Hadad -nombre nuevo que resuena que pone en valor su rol como articulador entre diversos sectores del poder político y empresarial-.

La irrupción de estos nombres no responde a un repentino brote de vocación cívica en sectores no tradicionales, sino a la caducidad del crédito de la política tradicional. Otra vez. Cuando las estructuras históricas quedan reducidas a maquinarias electorales sin respuestas concretas, la ciudadanía busca refugio en lo desconocido. Se premia la falta de pasado estatal como si fuera una garantía automática de idoneidad, transformando el rechazo a lo conocido en el único motor de la decisión electoral.

Como señala el propio Jaime Durán Barba en Diario La Capital, «hoy la gente está rechazando todo lo que suene a establishment: partidos, parlamentos, universidades, medios e intelectuales; actualmente, tener un gran currículum político puede ser un problema, es como tener prontuario». Esta dinámica explica por qué la discusión pública pasó de confrontar modelos de país a consumir identidades disruptivas. Según el propio consultor en su análisis para Reconquista Radios, «la sociedad horizontal vota en contra de algo; lo único que está de moda es el cambio por el cambio mismo».

Allí reside el mayor riesgo de este ciclo. El atractivo de quien llega desde afuera suele apoyarse en la promesa de romper las formas de la gestión habitual y hablar un lenguaje llano, sin las ataduras de los aparatos partidarios. Sin embargo, administrar la cosa pública exige habilidades muy distintas a las de conducir una compañía, liderar un espacio mediático o encabezar una feligresía. El Estado requiere articulación, diálogo entre sectores diversos y un manejo pragmático de las instituciones que ningún volumen de popularidad previa garantiza por sí solo. La palabra es consenso.

Recurrir a caras ajenas al sistema funciona como un síntoma claro, no como una solución mágica. Si el electorado busca alternativas fuera del mapa habitual es porque las vías tradicionales dejaron de canalizar sus demandas. Pero asumir que un nombre famoso o un perfil exitoso en el ámbito privado resolverá por sí solo problemas estructurales de larga data, ¿implica volver a tropezar con la misma piedra? La Democracia necesita renovación, sí, pero sobre todo proyectos sólidos que superen el mero entusiasmo de la impugnación o la cancelación.

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