
Caer en la provocación algorítmica y responder con xeno-cancelaciones no nos hace más soberanos, sino más funcionales al circo que nos quiere de villanos.
Por: Sebastián «Tecla» Farias
El ejercicio del periodismo —un oficio desde mis 20 años— llevó a quien escribe este artículo cruzarse, dialogar y debatir con concejales, intendentes, gobernadores y hasta presidentes, tanto de nuestro país como del exterior. En un sistema democrático, poder sentarse a la mesa con referentes de las más diversas vertientes ideológicas no solo es un ejercicio saludable, sino una responsabilidad profesional: esgrimir argumentos y escuchar posturas es clave, incluso —y sobre todo— con aquellos con quienes no comparto el punto de vista. Esa diversidad enriquece el debate público y permite entrevistar, indagar y dar a conocer pensamientos, posturas y propuestas en cada contienda electoral; sin ir más lejos, como reflejamos en una nota publicada hoy en Data Conurbano y muchas más.
Sin embargo, esa gimnasia democrática de escuchar al otro parece crujir cuando nos asomamos a la arena digital global.
Hay una máxima del entorno digital que el MIT (Instituto Tecnológico de Massachusetts) comprobó hace tiempo con datos duros: la mentira y la indignación viajan seis veces más rápido que la verdad. En la era donde el algoritmo premia el conflicto y la realidad aburre, la imagen internacional de la Argentina se convirtió en un blanco perfecto. Bastó un puñado de provocaciones para que desde tribunas morales de Europa y Estados Unidos nos colgaran el cartel de «enemigo público», juzgando la historia y la demografía de todo un país desde la rejilla de lectura de sus propios traumas raciales e imperiales.
La campaña existe, es cínica y hay que repudiarla. Sin embargo, lo verdaderamente peligroso no es el troll extranjero que busca interacciones; es la torpe y desquiciada reacción en la que nos estamos enredando hacia adentro.
Es un negocio de fabricar un villano
Durante años fuimos la historia del «bueno» que emociona al mundo. Hoy, para el negocio del consumo rápido, garpa mucho más vendernos como el villano. Nos montaron una operación de cancelación colectiva donde dirigentes colonialistas, medios internacionales y opinólogos de red se escandalizan por un canto de cancha mientras miran para otro lado ante sus propias deudas históricas, reyes no votados y leyes xenófobas.
Repudiar esa doble vara es una obligación ética. Lo que no podemos permitirnos es ser los tontos útiles que alimentan la caldera del algoritmo cada vez que un actor de Hollywood o un usuario con bandera extranjera pone un tuit (X).
La trampa de la «cancelación criolla»
¿Cómo estamos respondiendo como sociedad a este acoso mediático? Cayendo en el peor de los ridículos. Responder a las acusaciones de racismo agrediendo a un artista internacional, armando «listas negras» de estudiantes sudamericanos en las universidades públicas o pidiendo quitarle la atención médica a un vecino migrante no es defender a la Patria: es darle la razón al caritativo relato que afuera construyen de nosotros.
Convertir el orgullo nacional en un brote de xeno-cancelación es el triunfo definitivo del agresor. Nos empuja a comportarnos exactamente como la caricatura violenta e intolerante que pretendían vender de los argentinos.
Del nacionalismo de pantalla a la soberanía real
Hay además un cinismo político inocultable. Sorprende ver a sectores que cotidianamente rematan los recursos del país, bajan el precio al trabajo argentino y entregan soberanía en los papeles, embanderarse de golpe con un «con Argentina no te metas» de cotillón.
Ese patriotismo efímero, que se enciende para insultar a una cantante en redes pero se apaga a la hora de defender el territorio, el patrimonio o la educación pública, es tan falso como la campaña que pretende combatir. Si vamos a canalizar la rabia y el orgullo nacional, hagámoslo donde importa: cuidando lo nuestro, protegiendo a nuestra gente y defendiendo la soberanía real, no peleándonos contra molinos de viento en X.
Bajar un cambio es ganar una batalla
Ni somos el país invivible y malvado que pretenden instalar desde afuera, ni tenemos que validar su circo convirtiéndonos en una turba rabiosa. La mejor forma de repudiar la campaña antiargentina es desarmarla con inteligencia, dignidad y memoria: mostrando la complejidad de nuestra cultura sin pedir perdón por lo que somos, pero sin ceder un solo milímetro al odio gratuito que otros necesitan vender.

































