La falla en la «cucaracha»: Por qué el escándalo de Flor Peña expone la urgencia de profesionalizar las redes de contención en el aire

El gravísimo error informativo cometido en vivo abrió un debate tardío pero necesario: la tecnología propone plataformas descontracturadas, pero el oficio exige la misma rigurosidad de siempre. Por qué la falla no es de la conductora, sino de una producción sin experiencia.

Por: Sebastián «Tecla» Farias

El reciente escándalo que sacudió las plataformas digitales tras la difusión de una noticia falsa sobre la salud de Jorge Messi, padre del capitán de la Selección argentina, no es un hecho aislado ni una simple «curva que cualquiera se puede comer». Es el síntoma evidente de una crisis de crecimiento en el ecosistema del streaming. La salida inmediata de Florencia Peña del ciclo El Show del Verano y la desvinculación de su equipo de producción exigen una lectura que vaya mucho más allá de la condena individual a una figura pública.

El foco del problema no radica en Florencia Peña. Caerle con todo el peso de la culpa a la conductora es el camino más fácil, como el que propone el mismo Pesidente, pero también, creo, es el más equivocado. Es aquí donde entra en juego la falla en la «cucaracha»: en la dinámica del vivo, quien está frente al micrófono depende ciegamente de la información que le inyecta su control técnico. Quien conduce pone la cara y la voz, pero la producción debe ser una red de contención inquebrantable. Si desde el control se le asegura a un conductor que una información ultrasensible está «chequeada» cuando en realidad es un rumor de redes sin verificar, el sistema entero colapsa. La falla no es del intérprete; es una falla estructural de la red que debía sostener el aire.

Está bien, coincido también en que la profesionalidad del comunicador debe ser inoculada con el espíritu de la rigurosidad informativa y es preferible manifestar duda al aire y que no pase lo que pasó, porque Peña también es de los medios.

Nuevo lenguaje 

Esto nos lleva a una discusión de fondo sobre la identidad y madurez del formato. El streaming ha consolidado un lenguaje nuevo, fresco, horizontal y sumamente potente. No se trata de imitar la rigidez de la televisión tradicional ni de restarle valor a la espontaneidad que conecta con las nuevas audiencias. Pero «frescura» no puede ser sinónimo de amateurismo.

Trabajar profesionalmente implica entender que, sin importar el soporte tecnológico o los miles de canales nuevos que surjan, el procesamiento de la información requiere de profesionales formados, con experiencia y conocedores del oficio. Punto.

Hoy en día, el valor de un medio de comunicación —tradicional o nativo digital— se mide en su credibilidad. Cuando se difunden contenidos sensibles sin rigurosidad periodística, el costo es altísimo: se daña a personas reales y se destruye la confianza del público.

Por ende, la profesionalización también debe traducirse en condiciones laborales serias.

El reclamo por un trabajo riguroso va de la mano con la necesidad de contar con equipos bien remunerados, con derechos garantizados y estructuras que reconozcan el valor real de los trabajadores de prensa y producción detrás de la pantalla.

Quienes formamos parte del universo del streaming y apuntamos con cada emisión a elevar la vara sabemos que el verdadero desafío de la época no es conseguir la tecnología para transmitir, sino dotar a esa transmisión de contenidos confiables. El formato puede ser libre y descontracturado, pero la responsabilidad en la «cucaracha» y ante el micrófono debe seguir siendo un valor innegociable.

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