Cae la noche de este 25 de Mayo: Entre la fe, la interna libertaria y la guerra por el «pago chico»

El sol del 25 de mayo no asomó para todos por igual en la Plaza de Mayo. Detrás del protocolo, los Granaderos y el chocolate caliente, la fecha patria operó como el escenario perfecto para un nuevo capítulo del melodrama de poder que vive el oficialismo. Una puesta en escena donde las ausencias gritaron más fuerte que los discursos y donde la interna libertaria pareció disputarse centímetro a centímetro sobre las baldosas de la calle Rivadavia, replicándose con idéntica tensión en el barro del conurbano.

Por: Sebastián «Tecla» Farias

El dato central de la jornada porteña no estuvo en lo que pasó, sino en quién quedó afuera. Victoria Villarruel, la vicepresidenta de la Nación, fue lisa y llanamente borrada de la lista por el lápiz rojo de Karina Milei. No hubo invitación oficial para el Tedeum, rompiendo una tradición institucional histórica. La respuesta de Villarruel no se hizo esperar en el plano donde se dirimen las lealtades modernas: las redes sociales. Con sutileza jesuita, invocó a la Virgen, citó al Papa Francisco y disparó un ruego entrelíneas por la «unidad y la paz en tiempos difíciles». En el manual de la resistencia interna, Victoria sabe que el vacío la victimiza y la cotiza al alza.

Mientras tanto, en la caminata hacia la Catedral, el Presidente intentó sobreactuar una unidad de Gabinete que cruje por los costados. Allí estuvo Santiago Caputo, el estratega en las sombras, el «Peaky Blinder» de Balcarce 50, fumando bajo el sol y arrastrando los hilos de una guerra sorda contra Martín Menem y el «Equipo Rocket» de los libertarios puros. Su sola presencia en la columna a pie, escoltando al mandatario, fue un mensaje de centralidad absoluta: el jefe real del relato sigue siendo él. Unos metros más atrás se movía Patricia Bullrich, marginada del núcleo duro pero rescatada a último momento transpirando un inocultable tono de campaña (¿propia?).

Frente a este despliegue de vanidades, la Iglesia puso la cuota de realidad que el oficialismo prefiere esquivar. La homilía del arzobispo Jorge Ignacio García Cuerva fue un mazazo de prudencia. Con un tono social durísimo, advirtió que «nadie es descartable, empezando por los abuelos» y exigió el fin de la polarización. El pedido de «buscar consensos en la diversidad» rebotó en las paredes de la Catedral y pareció chocar de frente contra el dogmatismo de la primera línea gubernamental.

La batalla por el Conurbano y locro patrio

Pero la verdadera disputa por el sentido de la fecha patria no se agotó en el microcentro porteño; se trasladó con fuerza al termómetro de la provincia de Buenos Aires. En los distritos de la región, los libertarios locales intentaron replicar la mística de la pureza ideológica organizando sus propios «Cabildos Abiertos». Una jugada de manual para medir fuerzas, juntar a la militancia dispersa y plantar bandera en un territorio históricamente hostil, buscando canalizar el discurso de la «libertad» en clave de asamblea barrial.

La respuesta de los barones del conurbano fue inmediata y contundente: empanadas, pastelitos, locro y pericón. Los intendentes jugaron de locales y salieron a alambrar políticamente sus territorios apelando a la liturgia más tradicional. Encabezando desfiles, peñas y locros populares masivos, el peronismo territorial se apropió del sentido patrio para marcar la cancha. En cada distrito aún con matices peronistas, el mensaje entrelíneas de los jefes comunales fue el mismo: la patria se defiende en la comunidad, sosteniendo a los clubes, a las escuelas y a los vecinos frente a un invierno que viene frío en las cuentas públicas y caliente en la demanda social.

El 25 de mayo nos dejó una postal clara: un gobierno que gestiona la botonera pública como si fuera una interna de consorcio, figuras que se miden el traje de candidatos en plena crisis y un conurbano que se debate entre la avanzada discursiva de la militancia digital y la resistencia territorial de la política tradicional. Al final del día, apagadas las luces, la pregunta sigue siendo la misma que se hacían los vecinos en 1810: de qué se trata todo esto, y cuándo llegará el alivio para el pueblo que mira desde abajo.

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