La Guerra Fría peronista: De dónde viene la feroz interna de Cristina vs Kicillof y el panorama del 2027

¿Qué ocurre cuando un proyecto político se queda sin más horizonte que su propia supervivencia? La virulenta interna que hoy fractura la relación entre Cristina Fernández de Kirchner, su hijo Máximo, y el gobernador bonaerense Axel Kicillof, no es un debate de ideas. Es una colisión puramente personal, un ajuste de cuentas psicológico y territorial que expone las costuras de un espacio que ya solo sabe hablarle a su propio espejo. El papel de los intendentes. ¿Y Massa?

Por: Sebastián «Tecla» Farias

Para comprender la profundidad de la grieta que divide al binomio de la exvicepresidenta y el líder de La Cámpora frente al mandatario provincial, lo primero que se debe extirpar de la ecuación es la pretensión ideológica. Aquellos analistas que buscan trazar una línea divisoria entre «moderados» y «radicalizados» dentro del espectro kirchnerista cometen un error de diagnóstico elemental. Ideológica y doctrinariamente, Cristina y Kicillof son exactamente lo mismo. Comulgan con la misma matriz económica intervencionista, comparten idéntica desconfianza hacia el libre mercado y adscriben a la misma retórica de confrontación social.

Esta interna no le habla al país productivo, ni al laburante desencantado, ni siquiera a la clase media empobrecida. Es una pulseada endogámica, diseñada para consumo exclusivo de un núcleo duro euro-kirchnerista que encuentra deleite en la micro-guerra de gestos, desplantes y solicitadas. Lo que presenciamos no es una discusión de tesis estatales, sino un duelo de rencores personales de alto impacto psicológico con concecuencias para el 2027.

La Génesis 

Como toda gran tragedia política, este quiebre posee sus propios mitos fundacionales. Para el «instituto de la sospecha» que comanda el Instituto Patria y la cúpula de La Cámpora, el pecado capital de Axel Kicillof tiene fecha precisa: finales de 2024. Fue entonces cuando Cristina tomó la decisión de candidatearse para presidir el Partido Justicialista (PJ) Nacional. No lo hizo por vocación de militancia de base, sino por una estrategia de pura supervivencia y blindaje político frente a la inminente ratificación judicial de su condena penal por parte de la Corte Suprema de Justicia.

En el código ético del cristinismo puro, el silencio o la neutralidad equivalen a la traición. La renuencia de Kicillof a firmar el cheque de apoyo incondicional a la jefa en su hora más difícil se interpretó como una defección imperdonable. Para Máximo y Cristina, el gobernador demostró que prefería preservar su propio capital electoral a ser el escudo de su mentora política.

Sin embargo, en la gobernación de La Plata la narrativa es diametralmente opuesta. Para los leales a Kicillof, el origen del quiebre es mucho más antiguo y doloroso. Hay que remontarse a la dura derrota electoral del peronismo en las legislativas de 2021, bajo el paraguas del fallido Frente de Todos. En aquel momento, Cristina y Máximo no dudaron en culpar de la debacle al gobernador y procedieron a intervenirle de facto el gabinete provincial, con el implante de Martín Insaurralde.

La imposición del lomense en la jefatura de gabinete de la provincia de Buenos Aires —un desembarco digitado para conformar a los intendentes del conurbano y licuar la autoridad del «hijo predilecto» de Cristina— quedó registrada en la memoria de Kicillof como una humillación pública intolerable, obligado a correr a Carlos Bianco. El gobernador deglutió el sapo, pero la herida quedó abierta y expuesta para siempre.

La obsesión por no ser Alberto Fernández

Existe una obsesión casi patológica que guía cada movimiento político y comunicativo de Axel Kicillof en este tablero minado: él no quiere, bajo ninguna circunstancia, ser el nuevo Alberto Fernández.

El recuerdo del expresidente —un títere desgastado por la constante tutela asfixiante de Cristina, carente de bases propias y finalmente desechado tras el colapso de su gestión— funciona como el espejo en el que Kicillof se niega rotundamente a mirarse. El gobernador sabe que si cede hoy ante las presiones de La Cámpora para el armado de listas, su proyección presidencial para el mediano plazo estará sepultada bajo el mismo manto de subordinación estéril que destruyó a Fernández.

Esa resistencia a ser dominado, ese intento de «escribir nuevas canciones» y construir una identidad de liderazgo autónomo es lo que más perturba a la conducción del cristinismo. En un espacio político habituado a la obediencia ciega, la rebeldía de Axel se vive como un desacato existencial.

El ataque directo de La Cámpora

El fuego amigo ya no se disfraza de diferencias tácticas. La virulencia de la interna escaló a niveles históricos de la mano del diputado bonaerense y referente camporista de La Matanza, Facundo Tignanelli. El jefe de la bancada de Unión por la Patria en la Legislatura provincial —un alfil de extrema confianza de Máximo Kirchner— sacudió los cimientos del oficialismo al trazar un paralelismo implícito pero letal que equipara a Axel Kicillof con Augusto Timoteo Vandor, el sindicalista metalúrgico recordado por impulsar un «peronismo sin Perón».

«Mis abuelos militaron la Resistencia Peronista creyendo y trabajando para que Perón vuelva, no para ver cómo encontraban una alternativa con Vandor», disparó Tignanelli, descalificando la proyección autónoma del gobernador.

Con esta alusión histórica, el camporismo duro busca arrinconar a Kicillof bajo la etiqueta del «posibilismo» y de quienes ven como una «utopía» una candidatura de Cristina Kirchner. En la lógica de La Cámpora, cualquier intento de jubilar la conducción de la expresidenta o de ensayar un liderazgo de recambio es leído, lisa y llanamente, como una claudicación ideológica y un pacto de sumisión ante el poder económico.

La Hora de los Intendentes

En esta geografía fragmentada, la novedad más disruptiva no proviene de los despachos de La Plata ni del Instituto Patria, sino del territorio puro: los municipios. Cansados de ser meros espectadores o «cobradores de ABL» que financian campañas nacionales decididas a dedo, los alcaldes del conurbano han decretado que es «la hora de los intendentes».

La idea de democratizar el espacio mediante las Primarias Abiertas, Simultáneas y Obligatorias (PASO) no es solo un capricho discursivo de Kicillof. El concepto fue esgrimido con dureza recientemente en un sugestivo encuentro cara a cara entre el intendente de Esteban Echeverría, Fernando Gray —un histórico díscolo del esquema de Máximo Kirchner—, y el exsecretario de Comercio, Guillermo Moreno. Ambos coincidieron en que el peronismo bonaerense debe ventilar sus diferencias en las urnas y jubilar el sistema de cooptación verticalista.

En sintonía con esta emancipación territorial, se consolida el autodenominado «Grupo AFA». Bautizado así por el peso de sus integrantes en la mesa de decisiones, este espacio está comandado por los intendentes Gastón Granados (Ezeiza), Federico Otermín (Lomas de Zamora), Federico Achával (Pilar) y Nicolás Mantegazza (San Vicente). El Grupo AFA no oculta sus cartas: buscan ser la «cuarta pata» de una mesa de decisiones peronista que hoy ven renga, articulando poder real para resistir tanto el avance de La Cámpora como la absorción total por parte de la estructura kicillofista más cerrada.

Al mismo tiempo, la liga de alcaldes del conurbano calienta motores en busca de proyecciones bonaerenses. Ejemplos como el de Mariel Fernández en Moreno demuestran que el municipalismo pisa fuerte. Sin embargo, el kirchnerismo duro no se queda quieto: el último fin de semana de junio, las calles de San Francisco Solano amanecieron empapeladas con afiches y stickers que rezan «Mayra Gobernadora», instalando prematuramente la candidatura de Mayra Mendoza (Quilmes) para suceder a Kicillof y marcando la cancha de cara a 2027. En paralelo, y en un movimiento que sacudió el tablero, se consumó la ruidosa renuncia de Jorge Ferraresi a su cargo ejecutivo en Avellaneda con la firme e indisimulable intención de abocarse de lleno a la campaña territorial para disputarle el liderazgo al camporismo.

El laberinto de las Re-Re

Detrás del ímpetu de los intendentes por posicionarse a nivel provincial se esconde una Espada de Damocles institucional: la ley que limita las reelecciones consecutivas en la provincia de Buenos Aires. Sancionada originalmente en 2016 y modificada en 2021 (fijando el mandato de 2019 como el primer período computable), la legislación vigente estipula que intendentes, concejales y legisladores provinciales solo pueden aspirar a dos mandatos consecutivos. En teoría, esto significaría que la enorme mayoría de los actuales alcaldes del conurbano no podrían postularse para sus municipios en 2027.

Desde el entorno de un influyente intendente de la Tercera Sección Electoral admitieron bajo estricto off the record que ya se analiza una vía de escape.

¿Es realmente el fin de la era de los barones territoriales o existen «vericuetos» legales para burlar el cerrojo?

  • El vericueto del «intermedio» en Off: Desde el entorno de un influyente intendente de la Tercera Sección Electoral admitieron a este cronista bajo estricto off the record que ya se analiza una vía de escape. La ley prohíbe la reelección para un tercer período consecutivo. Sin embargo, la estrategia de «alejarse de la gestión por un periodo de tiempo» genera un vacío interpretativo. La vieja trampa de pedir licencia antes de cumplir los dos años de mandato consecutivo para poder presentarse nuevamente fue subsanada en la reforma de 2021. No obstante, algunos asesores legales argumentan que si un intendente renuncia de manera definitiva o si el período de interrupción por ejercicio de otro cargo u otra cosa es sustancial y se produce una alternancia real en la firma del Ejecutivo durante un lapso considerable, un amparo judicial podría habilitar la candidatura bajo la premisa de que «se rompió la consecutividad real».

  • La vía de la modificatoria legislativa: La alternativa menos elegante pero más efectiva sigue siendo la rosca en la Legislatura platense. Así como en diciembre de 2021 el oficialismo y la oposición mayoritaria pactaron «tocar» la ley original de Vidal para salvar las re-re de 2023, hoy en los pasillos de La Plata se rumorea que, si las encuestas aprietan a ambos lados de la grieta, una nueva «ley correctiva» o modificatoria podría ingresar sobre tablas argumentando cuestiones de autonomía municipal. Al fin y al cabo, como sostiene en privado un armador territorial del peronismo: «En la provincia de Buenos Aires, ninguna ley sobre el poder de los intendentes está escrita en mármol».

Sergio Massa y la Carta Tapada

En medio de este río revuelto de ambiciones municipales, «renunciamientos» de campaña e ingeniería legal, Sergio Massa emerge una vez más como el ajedrecista que espera su oportunidad. El exministro de Economía no ha renunciado a sus ambiciones y mantiene viva su apuesta de cara a los próximos turnos electorales.

Sabe que si la ruptura entre Cristina y Kicillof se torna irreversible y deciden ir en listas separadas, él podría presentarse como el candidato de síntesis del cristinismo puro, heredando el valioso caudal de votos que aún retiene la expresidenta en el Conurbano bonaerense y erigiéndose, paradójicamente, como el pacificador de un peronismo al borde del colapso.

La madre de todas las batallas ya no se libra en el plano de las utopías ideológicas. Hoy se dirime en los afiches de las paredes de Solano, en las reuniones del Grupo AFA, en las renuncias ministeriales y en la desesperada búsqueda de un vericueto que permita a los señores de la tierra estirar, una vez más, su estadía en el poder.

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