El Indio Solari desafía a la muerte

La muerte de Carlos Alberto “El Indio” Solari abre un abismo que la crónica periodística no alcanza a llenar. Es natural que así sea: la tele y el periodismo «oficial» nunca había entendido del todo a Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota mientras cambiaban la historia del revés. Para explicar lo que se viene —esas demostraciones de dolor popular que se contarán por millones— no van a alcanzar los críticos de música. Vamos a necesitar psicólogos de masas, antropólogos, filósofos y politólogos que intenten desentrañar el mito. Aunque, íntimamente, sabemos que no hace falta.

Por: Sebastián «Tecla» Farias

Mañana lluviosa. «La muerte no existe…», canta Palo Pandolfo en «La Musa». El Indio fue leyenda muchísimo antes de este viernes. Lo suyo no era eso de las tendencias, sino en construir un refugio subterráneo para los ángeles caídos. El mainstream ochentoso y de los noventa proponía luces de neón y frivolidad y hasta importada, el Indio —la voz aguardentosa que hoy embriaga el recuerdo— se plantaba como retratista del dolor, la marginalidad, la adicción, la carencia y la angustia.

De andanzas sucias de personajes como «el Héroe del Whisky» y «Zippo», las letras donde habitaban no eran ficciones; eran crónicas de un realismo sucio y descarnado. Sus personajes eran reales. Eran historias de una Argentina en forma de poesía y rock and roll («rokitos»). Pero por encima de toda esa oscuridad, el Indio retrató el amor. Un amor áspero, trágico, fiel hasta la locura. ¿Fue nuestro John Lennon? ¿Skay fue McCartney? ¿La Plata fue Liverpool? La analogía es corta. Lennon le habló al mundo; el Indio le habló al nervio argentino sentimental y desamparado, que no tenía a quién más escuchar, a quien lo represente.

Ese crecimiento por vías alternativas fue inexplicable para los manuales de la industria. De la audición mítica de «El loco de la colina» —aquel personaje que sorteaba turnos en los albergues transitorios— a meter cientos de miles de almas en un predio descampado. Los Redondos y el Indio se convirtieron en un santo y seña generacional. Una identidad que se llevaba con orgullo en remeras gastadas y en la mística de una imagen misteriosa que nunca «se vendió».

Quienes alguna vez pisamos ese barro sabemos que la liturgia excede lo musical. Ver a la barra de Huracán entrar a la fuerza bajo la lluvia, saltando desde las cinco de la tarde, era ver la fe (entre sustancias) en estado puro. Una fe que sobrevivió a las tragedias más oscuras, como la herida que nunca cerrará por la muerte de Walter, o lo de Olavarría. ¿El himno de «Ji Ji Ji» es un acto de resistencia y justicia popular? ¿Qué le queda entonces a «Juguetes Perdidos»?

Sin los Redondos, ese Indio bajó al llano y mostró una marcada hilacha política. Rompió el viejo pacto de neutralidad marginal, una decantación lógica de su pensamiento, quizás. La realidad puede que lo haya llevado a eso. Fue una toma de posición y ubicó el tótem ricotero dentro del barro de la grieta de la miseria argentina. El hombre que vivía en su quinta (bien ganada) en Parque Leloir demostró que también era un tipo de carne, hueso e ideología.

¿Se apaga el pogo más grande del mundo? El pogo está ahí, solo restaba organizarlo. Y el mito ya estaba blindado contra la finitud biológica. Este dolor popular no es comparable con ninguna otra pérdida de nuestra cultura, pienso yo, al menos reviendo rápidamente lo inmediato. Lo que se viene es un duelo colectivo de proporciones inéditas, porque con él no se va solo un cantante; se va el espejo donde millones aprendieron a mirar sus propias heridas —y también sus contradicciones— sin sentirse tan solos.

Hoy la tristeza se mide también en clave de herencia. Pienso en Nico, mi ahijado, que hoy lleva puesta su remera del Indio con una mezcla de orgullo y frustración. Nico, como tantos otros pibes de su edad, jamás pudo verlo en vivo. Sabía de su enfermedad, guardaba la secreta esperanza de cazar alguna última misa que nunca llegó, pero igual lo escuchaba, igual lo sentía propio. Ahí radica el verdadero misterio que los analistas no van a poder explicar: cómo un tipo de 77 años encerrado en la seguridad de su estudio en su quinta, enfermo, seguía reclutando los corazones de una juventud que ni siquiera había nacido cuando Los Redondos se separaron.

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