Figuritas del Mundial: la última locura colectiva

Pasar hacer unos días por la Avenida Rivadavia a la altura del Parque fue una misión que parecía imposible. El tránsito clavado, bocinazos que no avanzaban y una marea humana que desbordaba las veredas. Cualquiera que mirara de reojo sin entender el contexto habría pensado en una protesta social, un reclamo vecinal o un recital improvisado. Pero no. Había algo mucho más potente, analógico y transversal: miles de personas, de todas las edades, sosteniendo pilones de papelitos con la punta de los dedos.

Por: Sebastián «Tecla» Farias

El fenómeno de las figuritas volvió a demostrar que, cuando la pasión toca la puerta, las pantallas pierden por goleada. Al ver ese mar de gente, no pude evitar viajar en el tiempo. De chico, mi fiebre pasaba por otro lado: yo juntaba figuritas de superhéroes y de las series de la tele. El fútbol estaba, claro, pero los villanos y los encapotados de colección eran mi debilidad. Sin embargo, al pararme a mirar ese caos, entendí que el espíritu es exactamente el mismo. Cambiaron los personajes, pero la mística de la adrenalina por abrir el sobre y la satisfacción de pegar una difícil sigue intacta.

Pero esto no es exclusividad de las grandes plazas porteñas; la locura derrama con la misma fuerza en cada rincón del Conurbano. Se vive en la puerta de las escuelas a la salida del turno tarde, en las veredas de los kioscos de barrio que milagrosamente consiguen stock y en las plazas de cada localidad. Incluso el fenómeno mutó: ahora hay bares y comercios gastronómicos que anuncian en sus pizarras «Punto de Encuentro Oficial de Intercambio», estirando las juntadas hasta altas horas de la noche. Ahí es donde te das cuenta de que el promedio de edad subió un montón; los que copan las mesas con una birra o un café de por medio no son precisamente chicos, sino adultos que se toman el asunto con la rigurosidad de un trabajo de ingeniería.

Y es que el desafío esta vez es descomunal. Con un formato nuevo que incluye más equipos, el álbum se volvió una fortaleza eterna, un laberinto de cientos y cientos de casilleros por completar. Estamos a solo unos días de que ruede la pelota y la ansiedad se palpa en el aire, pero la memoria visual falla: con tantas selecciones nuevas, el clásico recitado de memoria del «late, late, nolate» ya no es tan fácil. Hay jugadores de países remotos que cuesta reconocer y la chance de que se te pase alguno es altísima. Ahí es donde entra el ingenio criollo: la gente va a las plazas armada con planillas impresas o cuadernos cuadriculados, con listas minuciosas de las que faltan y las que se ofrecen, tachando casilleros con cruces como si fuera un búnker de campaña. El ingenio también es estético: ya floreció un mercado paralelo e informal de «merch» extraoficial, donde los fanáticos compran cajas contenedoras y organizadores de figuritas fabricados con impresoras 3D.

Todo esto ocurre, además, mientras la realidad económica muerde los talones. Con el paquete tocando los 2 mil pesos, armar el pilón es una inversión que duele, pero que se defiende con el alma. En ese mercado improvisado donde el bolsillo se olvida por un rato, la figurita de Lionel Messi se consagra como la gema de la corona: es la más buscada y la que cotiza más alto en el asfalto.

Esta fiebre colectiva y sin grietas me resulta profundamente familiar. Me recordó de inmediato a la sintonía que vivimos durante los últimos partidos de la Selección en la Copa del Mundo anterior, esa que terminamos ganando con el corazón en la boca. En un país experto en fragmentarse y discutir por todo, ese instante de comunión absoluta donde solo importa el color de la camiseta —o saber quién tiene la figurita que te falta— funciona como un refugio necesario.

Al final del día, ver a la gente amontonada bloqueando el tránsito o llenando un bar un martes a la noche nos demuestra que el espacio público sigue siendo el corazón latente de nuestra sociedad. Tal vez, en el fondo, pagar 2 mil pesos por un sobre no es solo ir detrás de un papelito brillante o del sueño de tener a Messi pegado en la página central. Es la excusa perfecta que encontramos para volver a encontrarnos, para abrazar al desconocido de la mesa de al lado y para empezar a jugar el Mundial mucho antes del pitazo inicial.

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