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martes, julio 5, 2022
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Turdera: la ciudad que mencionó Borges cumple 111 años

Para el escritor esta porción del Sur Bonaerense fue tierra de malevos que describió en cuentos y milongas. Eran tiempos en que el cuchillo brillaba en la noche como colmillo envenenado y no sabía de razones ni de lógicas.

Por: Federico Gastón Guerra

Borges, de espalda, en el rancho de los Iberra. Al fondo, el puente y la vía de Turdera -imagen Borges todo el año-.

El 30 de enero de 1910 hubo fiesta grande al Sur de la Capital Federal. A 20 kilómetros de la Ciudad de Buenos Aires, nacía Villa Turdera –luego devenida en ciudad- en el partido de Lomas de Zamora. A esa ceremonia, que comenzó puntual 16.30, no faltó nadie ya que “los coches eran insuficientes, tal era la afluencia de personas que llegaban ansiosas de participar de ese grato acontecimiento en aquellos silenciosos y parajes”, describía el diario local LA UNION del 1 de febrero de 1910.

Tal la importancia que este acto recibió la adhesión del presidente de la República, Figueroa Alcorta, y la fiesta duró hasta bien entrada la noche en la residencia de las hermanas Inés y Eugenia Turdera, dueñas de las tierras que tiempo después sería inmortalizadas por Jorge Luis Borges como un paraje de malevos y calles torvas del suburbano…

Borges tuvo por Turdera una atracción especial, pero como ciudad de cuchillos y suburbios, de peleas y cuadreras. Esta ciudad de menos de 1,5 Km cuadrados fue concurrente de la literatura borgeana. «-Hablemos de esas mitologías de compadres y caudillos.-Yo no creo que corresponda a Adrogué sino a Palermo o a Turdera. Como la famosa familia de los Iberra», respondió el escritor a la desaparecida revista Sur Semanario.

En el poema «El Tango», el creador del Aleph, no duda en calificar a los hombres del Sur como «hombres del cuchillo y el coraje».

Y ese Sur más allá de la avenida Rivadavia, según Borges, era aquel que le inspiraba estos poemas del poema El Sur: «Desde uno de tus patios haber mirado / las antiguas estrellas, / desde el banco de la sombra haber mirado / esas luces dispersas / que mi ignorancia no ha aprendido a nombrar / ni a ordenar en constelaciones, / haber sentido el círculo del agua / en el secreto aljibe, / el olor al jazmín y la madreselva, / el silencio del pájaro dormido, / el arco del zaguán, la humedad, / esas cosas, acaso, son el poema».

Los Iberra

«Velay señores la historia de los hermanos Iberra / hombres de amor y de guerra y en el peligro mejores / la flor de los cuchilleros / y ahora los tapa la tierra». Estos versos son parte del tan mentado poema «Milonga de dos hermanos», en donde el escritor de El Aleph refleja con precisión el pasar de una familia en un suburbio sombrío.

Eran tiempos en que el cuchillo brillaba en la noche como colmillo envenenado y no sabía de razones ni de lógicas. Por esto en uno de sus cuentos Borges asevera que no eran los hombres quienes peleaban sino las dagas.

«La intrusa» es otro de los relatos en donde el maestro de las letras toca el tema de las mujeres fáciles, los prostíbulos sucios de la zona de Morón y la escenografía principal de un Turdera sombrío, en el seno de una casa a orillas de las vías junto al puente de ladrillos que aún hoy se conserva tal como entonces, en la intersección de las vías del ferrocarril Roca y la avenida General Frías, en el límite de Turdera, Llavallol y Adrogué.

Cada páramo sería un lugar en donde el duelo criollo estaría presente, esperando que una pluma capte como una fotografía el momento de la estocada final, cada villorrio esperaría con ansias la llegada de Borges para contar sus historias de copas de más y pelea maleva.

Pero el escritor que descansa en Ginebra, eligió Turdera como escenografía de esos relatos pendencieros llenos de misterio y asombro por aquello que como en un límite desconocido parece perderse en la línea de la noche.

Los Iberra era una familia que desarrolló su vida en la ciudad ahora centenaria desde las primeras raíces de su árbol genealógico. Ya no queda ninguno de estos hermanos que animaron La Intrusa y las milongas borgeanas.

Quienes los conocieron del trato amable de cada día desmienten estas versiones de muerte y venganza que describió el narrador. Y aquel verso de El Tango: “Y ese Iberra fatal, de quien los santos se apiaden, en un puente de la vía mató a su hermano el Ñato, que debía más muertes que él y así igualó los tantos”, queda en el terreno de lo fantástico, de lo literario.

El periodista Carlos Mujico, quien conoció a la familia, fue categórico al señalar hace unos años que “la realidad nos señala que el Ñato Iberra murió dentro de su casa por un disparo efectuado accidentalmente. Y su hermano Roberto no debía nada porque porque era más bueno que Lassie e incapaz de matar una mosca”.

Ricardo “Nene” Iberra, el más chico de esta familia –ya fallecido al igual que sus hermanos-, le contó a este cronista hace un tiempo que “peleaba a mis hermanos por defender a amigos. El cuchillo lo usaba para comer asado. No peleábamos con cuchillo sino a garrotazos y trompadas. Yo le pegue, una trompada a un hombre que lo levante del suelo. Me había sacado de las casillas», entonó, recuerdo, mirando a las vías del ferrocarril Roca que a esa altura pasan debajo de un puente de ladrillos aún llenos de hollín como recuerdo de las viejas locomotoras.

Detalle del libro «Borges, develaciones» de Felix della Paolera -Ediciones Malba-.

Eso sí, en tono borgeano el Nene aclaraba que «para hablar de un Iberra delante de mí había que escupir el suelo primero. Los que hablaban de atrás eran patas sucias”.

Y como prueba del paso del hombre de las letras por sus pagos, Ricardo aseveró en ese encuentro que “Borges estuvo con la familia bajo esa mora, mientras yo revoloteaba por los alrededores o trataba de ensillar mi pingo en el palenque”.

De esos perfumes turderenses emanaron las ideas que convencieron al ganador del premio Cervantes a convertir a estos hermanos en protagonistas del cuento La Intrusa (también vuelve a mencionarlos junto a Turdera en el cuento en el libro de Arena): “(…) caramba, demasiados cuentos míos suceden en Palermo. Entonces pensé en Turdera, y pensé en los Iberra; y luego resolví la historia de dos hermanos –los dos cuchilleros-. Les di un pasado un poco vago de cuatreros, de troperos, quizá de tahúres también –ciertamente de guardaespaldas de los caudillos-“, recuerda Borges a Osvaldo Ferrari en el libro Reencuentro, diálogos inéditos.

Es que aquel Villa Turdera tenía la melodía de los jilgueros, el polvo liviano de las huellas en la tierra, las vías del tren como único acceso a la Capital Federal, un tranvía a caballo, una iglesia enorme (“cabe el pueblo en el atrio”, describió el poeta Raúl González Tuñón), un teatro modesto (aunque llamado Colón), ganado cimarrón, algunas casas, pocos comercios y un puñado de vecinos que en la vuelta a la plaza San Martín dejaban sus mejores trajes los domingos.

Borges, jurado en Turdera

De aquella fiesta de fundación con invitados elegantes, acta de fundación, periodistas de las populares revistas PBT, Caras y Caretas, Vida Moderna, banda de música oficial, lunch opíparo y entrega de medallas de plata y cobre a estos 111 años de 2021 pasaron tantas anécdotas en la vida ciudadana que podrán nutrir exigentes libros de recuerdos.

Pero la visita de Borges de 1969 quedó grabada en la memoria de los vecinos. Ese día el escritor firmó libros en la librería de la ciudad y presidió un concurso literario.

“Señor Borges, como dueño de esta librería me siento muy emocionado ante su visita. Pido un aplauso”, dijo el dueño del local. A lo que el escritor de El Compadrito agradeció a los presentes, fiel a su ironía, luego de firmar varios ejemplares: “Espero que los aplausos no sean por mi caligrafía, que es pésima”.

El romance Turdera Borges nacía con fuerza y él mismo lo marcó en la respuesta que le deja al periódico local El Tiempo que en ese momento le realizaba un reportaje: “Yo he tenido siempre el vicio de ser un caminador, de modo que he venido caminando hasta Turdera, he ido caminando a Burzaco, Temperley o Mármol”.

Hoy a 100 años de su fiesta de nacimiento, Turdera camina a otro paso: tiene avenida ancha, tren eléctrico, colectivos, pavimento, mucho cemento, poco verde y ese dejo de vicio de ciudad que aun con su pequeña extensión marca el ritmo de las grandes urbes. Pero guarda en ese bolsillo grande de su historia, esos versos de malevos, ficciones de tahúres y por sobre todo esa remembranza torva de aquellos «hombres del cuchillo y el coraje «.

MILONGA DE DOS HERMANOS

Traiga cuentos la guitarra

de cuando el fierro brillaba,

cuentos de truco y de taba,

de cuadreras y de copas,

cuentos de la Costa Brava

y el Camino de las Tropas.

Venga una historia de ayer

que apreciarán los más lerdos;

el destino no hace acuerdos

y nadie se lo reproche—

ya estoy viendo que esta noche

vienen del Sur los recuerdos.

Velay, señores, la historia

de los hermanos Iberra,

hombres de amor y de guerra

y en el peligro primeros,

la flor de los cuchilleros

y ahora los tapa la tierra.

Suelen al hombre perder

la soberbia o la codicia:

también el coraje envicia

a quien le da noche y día—

el que era menor debía

más muertes a la justicia.

Cuando Juan Iberra vio

que el menor lo aventajaba,

la paciencia se le acaba

y le armó no sé qué lazo

le dio muerte de un balazo,

allá por la Costa Brava.

Sin demora y sin apuro

lo fue tendiendo en la vía

para que el tren lo pisara.

El tren lo dejó sin cara,

que es lo que el mayor quería.

Así de manera fiel

conté la historia hasta el fin;

es la historia de Caín

que sigue matando a Abel.

Jorge Luis Borges, 1965

*el autor es periodista, escritor e historiador 

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