Recuperar el sentido común

Hay momentos en los que una sociedad no necesita grandes teorías ni discursos sofisticados. Necesita, simplemente, volver a lo básico. Volver al sentido común. Ese que indica qué está bien y qué está mal sin necesidad de interpretaciones forzadas ni justificaciones rebuscadas.

Por: Agustín Boeri, dirigente de Esteban Echeverría

En la Argentina de hoy, ese sentido común parece haberse corrido del centro de la escena. Y lo preocupante no es solo que ocurra en la política, sino que empieza a naturalizarse en la sociedad. Como si todo fuera discutible, como si todo dependiera del relato que mejor acomode cada situación.

El caso de Manuel Adorni vuelve a poner esto en evidencia. Cuando un funcionario no puede explicar con claridad la evolución de su patrimonio o sus adquisiciones, no hace falta un análisis técnico complejo para entender que hay un problema. El sentido común indica que quien administra o representa lo público debe ser transparente, claro y coherente. No es una exigencia exagerada; es lo mínimo indispensable.

Pero no es un fenómeno nuevo ni exclusivo de un espacio político. Ya lo vimos durante el gobierno de Alberto Fernández, cuando en plena cuarentena por COVID-19 en Argentina —con millones de argentinos encerrados, sin poder ver a sus familias, sin poder despedir a sus seres queridos— se realizaban reuniones sociales en la residencia presidencial. Tampoco ahí hacía falta una discusión jurídica: el sentido común marcaba que eso estaba mal.

El problema de fondo no es un nombre propio. Es la lógica que se repite. La idea de que el poder habilita excepciones. De que las reglas son para otros. De que siempre hay una explicación que justifica lo injustificable.

Cuando eso se vuelve habitual, lo que se pierde no es solo credibilidad política. Se erosiona algo más profundo: el vínculo entre la dirigencia y la sociedad. Porque la gente no pide perfección, pero sí coherencia. No exige héroes, pero sí dirigentes que vivan bajo las mismas reglas que el resto.

Recuperar el sentido común implica volver a ordenar prioridades. Significa entender que la transparencia no es opcional, que la ejemplaridad importa y que la cercanía con la gente no se declama, se practica. Es estar donde hay que estar, dar explicaciones cuando corresponde y hacerse cargo cuando se cometen errores.

También implica que la sociedad deje de tolerar lo que claramente está mal. Porque cuando todo se relativiza, cuando todo se justifica según quién lo haga, el límite se corre cada vez un poco más.

La Argentina no necesita inventar valores nuevos. Necesita recuperar los que ya conoce. El de la coherencia, el de la responsabilidad, el del respeto por el otro. En definitiva, el del sentido común.

Porque sin eso, cualquier proyecto político —por más ambicioso que sea— termina vacío. Y con eso, incluso en contextos difíciles, siempre hay una base desde la cual reconstruir.

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