Más de 400 mil personas despidieron al Indio Solari en Avellaneda

En una jornada histórica y bajo una lluvia persistente, la liturgia ricotera copó el sur del Conurbano. Filas de ocho kilómetros, épica transgeneracional y el respeto absoluto de una multitud que transformó el dolor en un rito de identidad popular.

La última misa del Indio Solari fue un acto de comunión popular tuvo como epicentro el Polideportivo Municipal José María Gatica, en Villa Domínico. Allí, Avellaneda, más de 400.000 personas —según estimaciones oficiales— se movilizaron durante 18 horas consecutivas para darle el último adiós al mayor mito de la música y la contracultura argentina.

El velatorio público, que comenzó el domingo al mediodía, concluyó formalmente este lunes a las 4:00 de la madrugada, cuando las puertas del complejo se cerraron para dar paso a una ceremonia íntima familiar. Atrás quedaba una marea humana incalculable que desafió al frío, al agua y al cansancio con una sola certeza: había que estar.

Una marea humana de 8 kilómetros

Los datos fríos que dejó el operativo de seguridad y asistencia coordinado por la provincia apenas logran dimensionar el fenómeno. En los momentos de mayor saturación, la fila para ingresar al polideportivo alcanzó los 8 kilómetros de extensión, serpenteando por las avenidas del sur del Gran Buenos Aires.

Con un ritmo de ingreso constante de 15.000 personas por hora, el despliegue requirió de postas sanitarias y la presencia de más de 1.500 efectivos que, lejos de intervenir, fueron testigos de un comportamiento ejemplar.

A diferencia del histórico estigma con el que los medios masivos tradicionales persiguieron históricamente a las huestes ricoteras, la despedida del Indio se transformó en una manifestación de respeto absoluto. No hubo desbordes, no hubo incidentes. Hubo, sí, bombos, banderas colgadas en cada árbol de Avellaneda, lágrimas compartidas entre desconocidos y el eco constante de «¡Ji ji ji!» o «Esa estrella era mi lujo» sonando desde los parlantes de autos estacionados y teléfonos celulares.

De Parque Leloir a Villa Domínico

Que el lugar elegido para la capilla ardiente haya sido el Conurbano Sur no es un dato menor para el análisis político y cultural. El Indio, que pasó sus últimas décadas recluido en su búnker de Parque Leloir, en el oeste, fue despedido en el territorio que mejor oxigenó su lírica durante casi medio siglo.

En la fila se fundían las épocas: colectivos escolares repletos que llegaban desde el interior del país, veteranos de los míticos shows de Obras Sanitarias o el microestadio de Lanús en los años 80, y miles de jóvenes universitarios y adolescentes que jamás vieron a Patricio Rey en vivo, pero que adoptaron sus canciones como una bandera de resistencia y pertenencia.

«El Indio es el Conurbano», definía un pibe de 20 años, con una remera de Oktubre empapada, mientras esperaba su turno para entrar. «No venimos a llorar un muerto, venimos a agradecer que nos dio una identidad».

El mito que no termina

La partida física de Carlos Alberto Solari cierra la página más influyente del rock en castellano, pero la movilización de este fin de semana demuestra que el fenómeno está lejos de apagarse.

El «Gatica» quedó vacío en la madrugada del lunes, las vallas comenzaron a desmontarse y el tránsito en Avellaneda recupera lentamente su ritmo habitual. Sin embargo, en el asfalto mojado del sur quedó flotando la certeza de que la herencia del Indio ya no le pertenece a los discos ni a los escenarios: quedó custodiada, para siempre, en las manos de la gente.

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