
Hay una imagen que se repite cada noche en las paradas de colectivo de Lomas de Zamora: un joven con la mochila al hombro, el cansancio en los ojos y la cabeza puesta en el parcial del día siguiente. Esa era la rutina de Agustín Rivero, de 21 años, hasta que la crueldad de un asalto en la esquina de Dinamarca y Erickson, en Temperley, decidió que su camino terminara ahí.
Agustín no era solo un nombre en una gacetilla policial. Era un estudiante de Administración en la Universidad Nacional de Lomas de Zamora (UNLZ), un futuro despachante de aduana y, por sobre todas las cosas, el orgullo de una familia de San José que hoy intenta entender lo inexplicable.
La mochila llena de apuntes
Esa noche, Agustín bajó del colectivo con la misma tranquilidad de siempre. Lo esperaba su papá a pocos metros, en ese ritual de cuidado que tienen las familias del barrio para «blindar» el último tramo hasta la puerta de casa. Pero el peligro llegó antes, sobre cuatro ruedas y con un arma que no entiende de sacrificios ajenos.
Lo que le arrebataron a Agustín fue mucho más que un celular o una mochila. Le arrebataron los años de estudio, las horas de biblioteca en la Facultad de Ciencias Económicas y el deseo de ser un profesional formado en la universidad pública.
El luto de la «Casa de Estudios»
La conmoción atravesó los pasillos de la UNLZ. En un comunicado breve pero cargado de dolor, la Universidad expresó su pesar por la pérdida de uno de los suyos. Para los compañeros de Agustín, el golpe es doble: es la pérdida de un amigo y es el recordatorio constante de la vulnerabilidad con la que se convive para llegar a un aula.
«Agustín representaba lo mejor de nuestra juventud: el compromiso con el estudio y la superación»
El barrio que exige justicia
Agustín vivía con sus padres y su hermana de 10 años, una familia trabajadora que hoy es el epicentro de un dolor que se siente en cada cuadra de Temperley.
En las próximas horas, familiares y vecinos de Temperley convocarán a una movilización silenciosa en el barrio para exigir seguridad.
No se trata solo de un robo de celular; se trata de una vida que fue apagada cuando apenas empezaba a encenderse. Agustín Rivero hoy es bandera, es pedido de justicia, pero sobre todo, es el recordatorio urgente de que ningún pibe debería morir por el solo hecho de volver de estudiar.






























