De criador de perros a ingeniero agrónomo, semillero y especialista en suelos, una vida dedicada a las ciencias agrarias

Juan José Durán ingresó a Ingeniería Agronómica en la UNLZ en plena última dictadura militar. Controles policiales, estudiantes infiltrados y el regreso de la democracia atravesaron sus años de formación, antes de consolidar una destacada trayectoria como docente, investigador y referente del sector semillero.

Venciendo el mandato paterno que esperaba de él que fuera el continuador de la fábrica de pastas de la familia en Lomas de Zamora, como buen hijo de inmigrantes, Durán, se anotó en la entonces carrera de Ingeniería Rural en la Universidad Nacional de Lomas de Zamora (UNLZ), dispuesto a seguir su vocación y convertirse en ingeniero.

Eran tiempos difíciles. Corría el año 1979 y la dictadura militar argentina llevaba tres años en el poder y atravesaba un momento de crisis económica, restricciones a las libertades individuales y un futuro incierto para todos, pero especialmente para los jóvenes.

Juan José Durán, graduado como ingeniero agrónomo en la Facultad de Ciencias Agrarias de la UNLZ pasó por el ciclo Cosecha Propia y dio testimonio de su paso por la universidad, sus primeros momentos en el campo laboral, su experiencia de formación en el exterior y tocó también temas de actualidad del sector agroindustrial argentino, planteando algunos de los desafíos en la agenda sectorial.

  • ¿Cómo fue ese momento en el que decidiste estudiar ingeniería agronómica en la Universidad de Lomas de Zamora?

El ingreso fue en 1979 y mi decisión fue porque siempre me interesó la parte de suelo, naturaleza, botánica, todas las ciencias agrarias. En realidad, rompí un poco con la tradición de mi familia. Mi padre quería que siguiera con la fábrica de pastas, pero a mí me gustaba ser ingeniero. Me anoté en la carrera de Ingeniería Rural, en esa época Agronomía no estaba en la UNLZ. Hasta segundo año cursamos como ingenieros rurales y ahí en 1981 u 82 entramos en un proceso mixto de cursar por ahí dos materias de la carrera de Zootecnia o de Ingeniería Rural en compensación de una de Agronomía. Vinieron profesores de la UBA y de la Universidad de La Plata para abrir las primeras materias de Agronomía y terminamos cursando 46 o 47 materias. Algunas cursé como oyente para complementar cosas de la carrera, pero fue muy interesante todo eso.

  • ¿Cómo fue este paso por la universidad, te enganchaste rápidamente con la disciplina, pudiste trabajar y estudiar a la vez?

Yo criaba perros, a mi padre no le había ido muy bien en la época de Martínez de Hoz (ministro de Economía 1976-1981) y tuvieron que cerrar la fábrica de pastas en Lomas de Zamora. Soy hijo de inmigrantes españoles, mis padres eran gallegos, y de chico empecé a criar perros con pedigree, llegué a tener 24 perros, 4 machos y 20 hembras y con eso íbamos parando la olla. Iba a la facultad en colectivo, en “la cucaracha” (se refiere al nombre popular de la Línea 54) que la tomábamos en Lomas de Zamora y tardaba 45 minutos. Después me quedaba todo el día estudiando.

  • ¿Qué te dejó el paso por la universidad?

Tuvimos muchos profesores que nos marcaron, hay algunos que todavía están y fueron excelentes docentes. Nos costó bastante porque era una época difícil. El día que ingresamos estábamos los 200 ingresantes en el galpón y escuchamos un ruido, Había mucha policía y llegó un helicóptero que bajó ahí en el predio, donde después se hizo una huerta en Agrarias, entre el estacionamiento y el edificio de la universidad. Era el Ministro de Educación de la época militar (Juan Rafael Llerena Amadeo), y nos habló a todos.

Teníamos un susto bárbaro, porque en el edificio había un destacamento y además nos pasaron algunas cosas complicadas. Por ejemplo, en la cátedra de Edafología estábamos haciendo un pozo, viendo algún perfil de suelo en el bosque de Santa Catalina. Un día sacamos la cabeza y nos estaban apuntando cinco policías. Algunos inconvenientes tuvimos.

La carrera fue muy buena y varios profesores que se incorporaron para Agronomía fueron muy valiosos. Por ejemplo, en la cátedra de Suelos, a la cual después me integré, Tecnología de Suelos, profesores de Botánica, de Química, de Química Orgánica, de Maquinaria Agrícola, de Forrajes, Cereales. De varias fui ayudante-alumno.

  • Una nota al pie sobre este episodio en el que los apuntaron. Hoy naturalizamos la universidad desde otro lugar, pero estudiar en la época militar tenía estas complicaciones, sin dudas, un desafío adicional.

Sí, pero la verdad que no sabíamos por qué era. Exigían que todas las inscripciones a esa materia (Edafología) fueran por sextuplicado y no entendíamos por qué era. Después nos enteramos, y era que algunos formularios quedaban ahí y otros iban para ser investigados.

Además, al principio teníamos “topos”, infiltrados que aparecían y se iban. Por ahí venía un chico que era de la UBA o de otro lado y después no lo veíamos más. Esas cosas las vivimos, fue difícil, pero también vivimos la transición a la democracia. Me recibí en el 84, ya con la democracia.

  • ¿Cómo fue esa época de apertura democrática en la universidad?

En la época de Alfonsín no era tan sencillo conseguir trabajo. Una vez que me recibí, Agrarias consiguió en el Rectorado la descentralización del área de investigación y que cada facultad tuviera su organismo de investigación, porque en su momento lo manejaba el Rectorado y no las facultades. Conseguimos la aprobación en Consejo Superior por iniciativa de Agrarias, ya que la mayoría de la investigación de la UNLZ era justamente de Agrarias.

Tratamos de conseguir las primeras becas en varios lugares, pero no era fácil. Queríamos investigar en la facultad, pero algunos docentes no teníamos laboratorio y por eso no nos daban las becas. Más tarde, la facultad consiguió que me aceptaran en un curso internacional de suelos y en 1986 me fui a estudiar a España un posgrado de Especialización en Clasificación y Taxonomía de Suelos, donde llegué a hacer una hoja cartográfica de un distrito español.

Al volver fui profesor adjunto semiexclusivo, después concursé y seguí investigando dentro de la cátedra de Tecnología de Suelos, y cuando conseguí los fondos para hacer el trabajo de investigación del proyecto que tenía, un compañero de la facultad me vino a buscar para ir a trabajar a un semillero.

Estoy especializado en semillas, pero porque la vida me llevó ahí. Me contrató otro compañero de facultad, que ya estaba en los semilleros, había estado en Dekalb y después pasó a Pioneer, y quería formar un departamento.

  • ¿Por qué empresas pasaste? ¿Cuál fue tu recorrido laboral? 

Al principio fui docente en un colegio de San Vicente y tenía dedicación semiexclusiva en la facultad, después llegué a tener dedicación exclusiva. En 1989 había conseguido fondos de la Gran Zona Árabe de Libre Comercio, o Greater Arab Free Trade Area en inglés (GAFTA) para poder hacer la investigación. Finalmente, un compañero me convenció de ir trabajar con él al sector privado, así que pasé a ganar seis o siete veces más. Me quería casar y con el dinero de la universidad no podía. Pero el trabajo en Pioneer era en Salto (provincia de Buenos Aires), viajaba mucho, vivía en hoteles, me casé y después tuve hijos y sólo los veía los sábados y los domingos cuando volvía. Digo esto porque uno tal vez cree que en la actividad privada todo es bueno.

Trabajábamos en investigación de la producción, que era un departamento donde hacíamos ensayos en líneas y en híbridos de tipos de herbicidas, la tolerancia a herbicidas, densidad de siembra, relación entre plantas machos y plantas hembras, en producción de híbridos. Investigábamos en maíz, sorgo y girasol en los tres cultivos. Más tarde formé con otras personas un semillero.

  • ¿Por qué es importante tener una ley de semillas?

La actual Ley de Semillas es vieja, creo que es de 1974, es una ley muy simple, tiene pocos artículos. La discusión más grande de la ley es el derecho del obtentor, del que crea las variedades o los cultivares fitogenéticos, la propiedad.

  • ¿En el fondo es una cuestión de patentes?

Es más complejo porque la patente a los 14 o 16 años se libera, después de ese período la variedad la podés usar libremente. Yo tuve con otra gente un semillero y ahí lo sufrís en carne propia, porque vos tenés tus variedades, las vas a vender, te compran una o dos bolsas de semillas, sin considerar todo lo que vos invertiste en investigación y al otro año no te compran más. El comprador la incrementa en el caso de las variedades y el usufructo de tu investigación de 10 años se la lleva el agricultor que después cultiva.

La ley ampara a la agricultura familiar y a los productores que utilizan la semilla para uso propio. Lo que está prohibido es que, una vez desarrollada una variedad por un obtentor, un productor la multiplique y la comercialice como propia, sin reconocer ni retribuir los derechos de quien la creó.

  • ¿Qué desafíos tiene la agricultura argentina para recuperar competitividad frente a países como Brasil?

En soja sucede algo similar. En Argentina pasamos de rindes cercanos a los 3.500 kilos por hectárea a valores de entre 4.000 y 4.200 kilos. Brasil, que partía de niveles más bajos, también consiguió duplicar su productividad.

A modo de conclusión sobre este tema, Durán considera que durante muchos años el país fue referente en innovación agrícola, pero Brasil avanzó con políticas que favorecieron este crecimiento. Entre ellas, una legislación sólida de protección de la propiedad intelectual de las semillas y controles muy estrictos sobre su circulación entre los distintos Estados. Ese marco les dio mayor previsibilidad para invertir en tecnología y mejorar la productividad. Ahí hay una de las principales diferencias que hoy explican el rumbo de ambos países.

Entrevista realizada por Carlos Boyadjian para el ciclo Cosecha Propia

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