El dolor de las infancias invisibles: el horror puertas adentro que necesita dejar de ser un secreto

Imagen generada con IA.

 La titular de la Fundación Solidaridad Cáncer (FUSOCA), la montegrandense Débora Bosco, analiza el choque de los casos de abuso en familias de alto perfil mediático y comparte su impactante testimonio personal sobre el abandono escolar, los institutos de menores y la falta de respuestas del Estado.

Ver lo que salió a la luz recientemente en torno a los nietos de Cris Morena me trajo recuerdos inevitables y dolorosos; volví de golpe a mi propia infancia. A raíz de eso, sentí que era necesario abordar este tema, y que si sale de la boca de alguien del ambiente artístico, de alguien famoso, tal vez tenga un poco más de repercusión. Ojalá que eso sirva para que las autoridades por fin presten atención, aborden el problema y trabajen de verdad. Porque muchos de nosotros lo hablamos durante años, y nunca nadie nos escuchó.

En mi caso particular, empecé a sufrir violencia desde muy chiquita. Iba a la Escuela 14 de Monte Grande y jamás me lo voy a olvidar: las propias docentes muchas veces me curaban los golpes en dirección —la señorita Liliana, la señorita María Eva—, se apiadaban de mí, se acercaban a mi domicilio a hablar con la persona que me golpeaba. Y lamentablemente, nadie hacía nada. Todo quedaba ahí, en silencio. Las instituciones eligen no ver y miran para otro lado porque saben que la justicia es un desastre, que viene fallando desde hace décadas y que muchas veces no hay respuestas para los chicos.

Por eso creo que hoy, al hacerse público el caso de una familia poderosa, se abre una oportunidad para que la sociedad empiece a preocuparse. Así como les pasó a ellos o me pasó a mí, hay miles de niños que atraviesan situaciones similares y no son escuchados. En mi caso, además, fui abusada sexualmente durante años, nadie me creía y nadie hizo nada.

El calvario no terminaba en las casas. Por no tener familia, a mí me tocó transitar por institutos y hogares, y lo que se ve ahí adentro es tristísimo, algo que no te lo olvidas jamás. A los 12 años entré al instituto de Villa Elisa en La Plata. Era horrible. Tenía terror. Estaba lleno de rejas, parecía una cárcel. Las chicas se cortaban los brazos con vidrios y te tenías que esconder las pocas cosas de valor bajo la almohada para que no te las robaran a la noche. Después me llevaron a Núñez, a un hogar de monjas comandado por la hermana María. Era otro régimen carcelario: campanas para levantarse, diez minutos para desayunar, filas con bandejas de chapa y castigos si no cumplías las reglas al pie de la letra. Chicos solos, desamparados, que ni siquiera saben lo que es festejar un cumpleaños.

Lo que a mí me gustaría hoy, con toda el alma, es que empiecen a trabajar en serio. Que no se queden solo en los colegios, sino que pongan la lupa en los reformatorios, en los hogares y en los internados de monjas. Que la justicia deje de mirar para otro lado y que las infancias dejen de ser invisibles. Porque ningún chico debería pasar por el infierno de tener que volverse invisible para poder sobrevivir.

En Data Conurbano nos interesa tu opinión

Deje su comentario aquí
Ingrese su nombre