Piedras en Lomas de Zamora: ¿Violencia política o síntoma de una democracia sin relato?

La caravana de Javier Milei en Lomas de Zamora terminó en evacuación, piedrazos y acusaciones cruzadas. Pero más allá del hecho puntual, ¿qué nos dice este episodio sobre el estado de la política argentina en el conurbano profundo? Por: Sebastián «Tecla» Farias.

“El que no puede convencer, grita. Y el que no puede gritar, golpea”, escribió alguna vez Albert Camus, y su frase resuena con fuerza en la avenida Hipólito Yrigoyen. Lo que vimos no fue solo un ataque a un presidente en ejercicio, sino el colapso de la posibilidad de diálogo en un territorio históricamente atravesado por la disputa simbólica y material (ver Atacaron la caravana presidencial de Milei: Piedrazos, evacuación y tensión en Lomas de Zamora).

Quienes estuvimos ahí lo advertimos: la violencia no estalló de la nada, estaba latente, más aún con el feroz antecedente de la trifulca de Junín. Piedras en varias esquinas, un volquete con cascotes como altar de la inminencia, y un aire espeso que no necesitaba más que un gesto para encenderse. Como dice el filósofo Byung-Chul Han, “la violencia hoy no se grita, se acumula en silencio”. Y en Lomas, esa acumulación se volvió inevitable.

Otro pensador, el Santiago Kovadloff advierte que “la violencia política no es solo un acto físico, sino una renuncia al pensamiento”. En Lomas de Zamora, esa renuncia se volvió piedra, huevazo y evacuación. Pero también se volvió consigna: “Kirchnerismo nunca más”, escribió Milei en redes, apelando a una narrativa de antagonismo que reemplaza el proyecto por el enemigo.

Desde el periodismo, Carlos Pagni suele señalar que “la política argentina se ha vuelto una guerra de relatos sin contenido”. En ese sentido, lo ocurrido en Lomas no es una excepción, sino una postal de campaña: candidatos que recorren sin propuestas, militancias que responden sin escucha, y un electorado que observa entre la bronca y el hastío.

Incluso desde la filosofía clásica, Hannah Arendt advertía que “la violencia puede destruir el poder, pero nunca lo reemplaza”. ¿Qué poder se disputa en Lomas? ¿El de representar, el de provocar, el de resistir? ¿O simplemente el de ocupar el espacio público como escenario de una batalla que ya no busca convencer, sino sobrevivir?

¿A quién beneficia y a quién perjudica?

• A Milei le permite reforzar su narrativa de outsider acosado por “la casta”, victimizarse y galvanizar a su núcleo duro. Su reacción en redes fue inmediata y calculada. La violencia se convierte en insumo de campaña.
• Al kirchnerismo lo deja en una posición incómoda. Aunque no haya responsabilidad directa, el episodio reactiva el imaginario de intolerancia que Milei explota con eficacia.
• A la política en general la empobrece, porque desplaza el debate de ideas por el espectáculo del enfrentamiento. Como señala Andrés Malamud: “La política argentina está atrapada entre el show y el escándalo. Y cuando hay piedras, no hay propuestas”.
• A la ciudadanía la deja en el margen, como espectadora de una disputa que no la representa. En Lomas, lo que se destruyó fue la posibilidad de escuchar, de disentir sin agredir.

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