
Un recorrido a pie por los muros para leer frases anónimas, amores al paso y pensamientos mínimos que convierten a la pared en memoria viva.
Por Federico Gastón Guerra
Como escribió Eduardo Galeano en El libro de los abrazos (1989): “Dicen las paredes”, y allí recorre algunos grafitis deliciosos: “Cómo gasto paredes recordándote”. En Temperley, consignas y dibujos convierten a los muros en un espacio de expresión directa, donde la palabra encuentra cauce cuando no hay micrófonos ni tribunas formales. Cada pared escrita funciona como una hoja suelta de la memoria barrial: allí quedan marcados reclamos, identidades y sueños, componiendo un relato urbano que se escribe desde abajo y a la vista de todos.
Este cronista tiene un mural favorito en una de esas calles que acompañan el paso del tren, cerca de un espacio verde muy transitado. Allí, un largo murallón encierra, como un viejo muro de blog o las modernas redes sociales, frases que van desde la reflexión al suspiro de amor, y un poco más, claro. “Ojalá siempre pueda seguir encontrándote en mis lecturas”, se lee sugerentemente.
No se observan grandes referencias políticas, es cierto, y eso puede ser un síntoma de época. En estas paredes pintadas, en cambio, la filosofía popular —si vale el término— tiene un lugar destacado: “No vale pensar tanto, la vida es corta”.
Hay declaraciones al hueso, y corazones encerrando nombres como toda la vida. Tal vez la potencia de las paredes sea esa idea de “aquí quedará por siempre”, al menos hasta que vuelvan a pintar la muralla, es cierto.
Pero va más allá. Es dejar un sello ahí, donde el caminante atento podrá reflexionar en sus pasos apurados hacia algún lugar de su mundo. Aquel al que le guste el detalle leerá allí una suerte de antigua red social, donde no se actualizaba todos los días el contenido, pero era perenne al paso de las estaciones del año, tal vez. “¿Viste lo que pusieron ahí?”, y llevaba al amigo con la seguridad de que allí estaría esa frase.
No es correcto pintar paredes. Y si se escriben, que sea con inteligencia, podría reflexionar el lector. O no. Pero hay algo en la palabra que deja un pensamiento que, curiosamente, demuele muros casi al instante. Paradojas.
“Mi novia es la más linda del mundo”, anotó alguien ahí. “Sueña fuerte”. “Aquí quedará por siempre”. “Fede te amo”, pero no es para mí (creo). Y se suman los “posteos”.
Algo debe tener la letra escrita que da la sensación de estar viva ahí, a la intemperie. De ser un grito sutil que más de un caminante debe escuchar en su marcha por esa larga vereda que dura varias cuadras sin cortarse.
Alguna sonrisa se debe escapar, un pensamiento en voz alta en una mañana de sol picante, alguna tarde de garúa tanguera. La noche tal vez no sea para ir leyendo cada grafiti. Aunque puede pasar, al decir de Galeano, que no falte quien exhale: “No consigo dormir. Tengo una mujer atravesada entre los párpados. Si pudiera, le diría que se vaya; pero tengo una mujer atravesada en la garganta”.






























