
En una época acelerada y global, volver a la historia de una ciudad pequeña puede ser una forma —también literaria— de entender quiénes somos.
Por: Federico Gastón Guerra
Durante años creí que investigar la historia de Turdera era un gesto doméstico, casi íntimo. Una manera de acercarme a mi familia, que hace más de un siglo llegó a estas tierras del sur del conurbano bonaerense. Después entendí que era otra cosa: era una forma de leer el mundo desde una esquina.
En tiempos donde todo parece inmediato, global y descartable, volver sobre la historia de una ciudad pequeña no es nostalgia: es identidad. Cuando el mundo se acelera, la aldea devuelve escala. Y en esa escala se entiende quiénes somos.
Turdera —apenas 1,5 kilómetros cuadrados a 18 kilómetros de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires— podría parecer una nota al pie dentro del vasto AMBA. Fundada oficialmente el 30 de enero de 1910, a 25 metros sobre el nivel del Riachuelo. Datos. Geografía. Actas. Pero una ciudad no es su acta de fundación: es su respiración.
Turdera respira literatura.
El pueblo que cabe en un atrio
La tarde fundacional de 1910 fue una fiesta. El diario La Unión describió que “los coches eran insuficientes” ante la multitud que llegaba a participar del acontecimiento en aquellos silenciosos parajes. Imagino el polvo, los trajes domingueros, los saludos prolongados. Un pueblo naciendo bajo el sol de enero.
Décadas más tarde, el poeta Raúl González Tuñón escribiría versos que todavía resuenan:
“Eche veinte centavos en la ranura
si quiere ver la vida color de rosa…”
Y diría, fascinado por aquella villa naciente, que en Turdera “cabe el pueblo en el atrio”.
La frase —recogida por Rafael Jijena Sánchez en Memoria de Turdera— es mucho más que una postal: es una definición poética y social. Una escala humana donde la comunidad todavía tiene proporciones visibles.
También Jorge Luis Borges dejó su marca. En el cuento There Are More Things hace que un ingeniero, antes de jubilarse del ferrocarril, elija establecerse en Turdera por “la soledad casi agreste y la cercanía de Buenos Aires”. Esa dualidad —aislamiento y proximidad— define a tantas localidades del sur: campo y ciudad en tensión.
Borges incluso caminó estas calles. Visitó la librería del barrio, presidió un concurso literario y, fiel a su ironía, agradeció los aplausos esperando que no fueran por su caligrafía. En entrevistas recordó que tenía “el vicio de ser caminador” y que había llegado a pie hasta aquí.
En ese gesto hay algo esencial: la aldea como territorio de descubrimiento.
Investigar como destino
Mi historia con Turdera empezó como empiezan las vocaciones: jugando. A los ocho años hacía diarios en fotocopia y los repartía entre vecinos. A los quince me pidieron un trabajo escolar sobre la ciudad. No había internet. Había puertas que tocar.
Así llegué a suplementos olvidados, archivos municipales y memorias orales de vecinos que hablaban de ranchos, de la Costa Brava, de duelos en las orillas del siglo XIX. Aquella escenografía —caballos, polvareda, tranvía a caballo, templo desmesurado para tan pocos habitantes— parecía salida de una novela.
Turdera era, para mí, un Aleph suburbano: un punto diminuto que contenía todos los relatos.
De esa investigación nació Loma de las Hormigas, mi primer trabajo sobre la génesis de la ciudad. Tenía 18 años. No sabía que, en realidad, estaba delineando mi propio origen profesional. Buscar, anotar, entrevistar, contrastar, volver a preguntar. El oficio empezó ahí, entre archivos y veredas.
Porque no hay historia chica. Hay historias no contadas.
Teatro, hipódromo y novela
En la esquina de Agüero y Zapiola todavía puede adivinarse la estructura del viejo Teatro Colón de Turdera, fundado en 1913 por Riziero Preti. Fue teatro, cine y salón de baile. Tenía orquesta estable. En inviernos lluviosos era la única ventana a otras vidas.
Esa misma banda animó en 1914 la inauguración del hipódromo de Temperley. Y por ese circuito hípico y ferroviario aparece otra figura mayor: Roberto Arlt.
En Los siete locos, Arlt hace que sus personajes bajen en la estación de Temperley. Barsut, Erdosain, el andén apenas iluminado. El sur como escenario de angustia y conspiración moral. La Argentina en crisis, vista desde la periferia.
Leer esa escena y saber que transcurre a pocos minutos de mi casa fue una revelación. La literatura no era abstracta: estaba en las vías, en el andén, en la estación.
Años después escribí un cuento imaginando a uno de esos personajes perdido en el Buenos Aires contemporáneo. Fue mi manera de dialogar con Arlt, de tender un puente entre aquella modernidad desolada y nuestro presente.
Tensión viva
Investigar Turdera me llevó al debate de Florida y Boedo. A entender que autores como Nicolás Olivari y Raúl González Tuñón desbordaban esas etiquetas. Había una zona intermedia, una tensión viva entre estética y compromiso. La periferia —también entonces— discutía el centro.
Aprendí que la historia local no es un compartimento aislado: es una puerta de entrada a discusiones estéticas, políticas y sociales. Desde una calle de barrio se puede entender un movimiento literario. Desde una estación de tren se puede leer una novela entera.
La periodista Leila Guerriero escribió que narrar es como amasar pan:
“Hay que amasar el pan con cansancio, por cansancio, contra el cansancio. Hay que amasar el pan sin humildad, con empeño, con odio, con desprecio, con ferocidad, con saña. Como si todo estuviera al fin por acabarse. Como si todo estuviera al fin por empezar. Escribir. Amasar el pan. No hay diferencia”.
No encuentro mejor definición del oficio.
Yo agregaría algo: si esa masa se amasa con la harina de la propia aldea, el pan tiene otro sabor.
Después de más de treinta años de investigar mi ciudad entendí que la patria chica no es nostalgia: es plataforma. Desde aquí leí a Borges, a Tuñón, a Arlt. Desde aquí comprendí que cada plaza guarda una mitología y que cada estación puede ser escenario de una novela.
Somos, acaso, lo que aprendemos. Pero también somos el territorio que nos enseñó a mirar.
Describir tu aldea —como aconsejaba Tolstói— es empezar a conocer el mundo.
Yo empecé por Turdera. Y todavía sigo.































