El temporal expuso la deuda de obras en el sur del GBA

En pocas horas llovió lo que suele caer en todo un mes. El fenómeno fue extraordinario, pero la magnitud de los anegamientos en el sur del Conurbano revela una combinación letal: responsabilidades en el mantenimiento básico, carencias estructurales de décadas y un nuevo escenario político de parálisis en la obra pública nacional.

Por: Sebastián «Tecla» Farias

A varios días del evento, el reporte de daños dibuja un mapa de saturación en puntos clave de la región:

  • Lomas de Zamora y el «caso Vieytes»: El símbolo de la jornada fue el Paso Bajo Nivel de Vieytes-Loria. Convertido en una pileta de hormigón, la falla en sus sistemas de bombeo automático dejó a conductores atrapados y cortó una arteria vital. En paralelo, la Avenida Alsina volvió a transformarse en un canal a cielo abierto: el acueducto pluvial que corre bajo la calzada entró en carga y el agua «brotó» por los sumideros hacia la superficie.

  • Ezeiza y la periferia: Mientras los centros urbanos captaban los flashes, en los barrios de la periferia de Ezeiza y Monte Grande Sur la situación fue crítica. El desborde de zanjas y el nulo escurrimiento hacia el Arroyo Ortega dejaron manzanas aisladas, exponiendo que las obras de dragado en las cuencas altas están, hoy, en un limbo.

  • Lanús y Quilmes: En puntos como Valentín Alsina y Bernal Oeste, la acumulación de residuos y restos de poda actuó como un «tapón» que elevó el nivel del agua por encima del medio metro dentro de las viviendas.

El «apagón» de la obra pública y el retroceso de ACUMAR

El impacto del temporal no puede leerse de forma aislada al contexto político. La virtual desaparición de ACUMAR y el desfinanciamiento de organismos nacionales han frenado en seco los planes de saneamiento y mantenimiento de los arroyos San Francisco, Las Piedras y el sistema Matanza-Riachuelo. Lo que antes eran proyectos de expansión de redes pluviales, hoy son expedientes acumulando polvo.

La provincia de Buenos Aires, por su parte, intenta sostener frentes de obra con recursos propios al límite, pero la escala del Conurbano Sur desborda cualquier presupuesto provincial sin el respaldo de los fondos nacionales. El resultado es una infraestructura que corre muy por detrás de la frecuencia e intensidad de las tormentas actuales.

Las municipalidades: La «primera ventanilla» del malestar

Para el vecino que ve cómo el agua arruina sus muebles, la macroeconomía y las jurisdicciones son abstracciones. El reclamo se direcciona inevitablemente a la Municipalidad, la cara visible del Estado y la primera ventanilla de descarga.

Los intendentes de la región, sin importar su color político, enfrentan una «tenaza» de gestión: por un lado, el corte de cintas de grandes obras que ya no llegan; por el otro, la demanda vecinal por lo básico: limpieza de sumideros, recolección de ramas y desobstrucción de conductos. La «mugre» acumulada en las calles fue, en muchos casos, el factor que determinó que el agua tardara en bajar.

Una deuda que no es solo hídrica

El reciente temporal fue un golpe de realidad considerando que esta semana que recién comienza, volverá la lluvia. El clima extremo no perdona la desidia ni la falta de planificación. Entre el retiro de la asistencia nacional, el esfuerzo provincial condicionado y las gestiones locales desbordadas por la crisis, el costo lo sigue pagando el vecino de a pie.

En el Conurbano Sur, el agua no reconoce fronteras ni partidos, pero la falta de gestión sí tiene responsables. Sin una política de infraestructura sostenida en el tiempo, cada alerta meteorológico seguirá siendo, para miles de familias, el inicio de una nueva catástrofe anunciada.

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