
Nací en agosto de 1976 en Monte Grande. Para el calendario oficial, soy parte de la generación que llegó al mundo bajo el silencio más espeso de nuestra historia. No tengo en mi árbol genealógico militancias interrumpidas ni uniformes, pero el golpe no necesitó permiso para filtrarse aún desde el cielo de Esteban Echeverría.
Por: Sebastián «Tecla» Farias
A 50 años de aquel 24 de marzo, la memoria no se me presenta como un archivo de datos, sino como una serie de postales sensoriales que me hicieron quien soy.
Crecí escuchando la historia de mi viejo, detenido por el simple «delito» de usar un gorro piluso camuflado. En ese detalle doméstico se resume la paranoia de una época donde hasta la vestimenta era sospechosa. Recuerdo, también, el zumbido ensordecedor de los aviones Hércules pasando tan bajo sobre los techos de Monte Grande que vibraban los vidrios. En ese entonces era solo un ruido molesto; años después entenderíamos que ese sonido era el latido de una maquinaria que operaba muy cerca de nosotros.
Calle
Mi educación sentimental y política se formó entre las páginas de la revista Humor, ese refugio de lucidez que nos enseñó a leer entre líneas cuando el aire estaba viciado. Luego supe y pude reconstruir un poco más a esos recuerdos de «sensaciones». Después vino Malvinas, la primavera democrática y el despertar (ver nota El oficio eterno: reflexiones sobre el Día del Periodista).
Ya en adolescencia, me sentí atraído a la calle. Recuerdo caminar junto a mi hermano, compartiendo marchas con Hebe de Bonafini, o la piel de gallina al escuchar la coherencia inquebrantable de Osvaldo Bayer en esas marchas frente al Obelisco que año a año se iban haciendo más multitudinarias y heterogéneas. Luego, formar parte del festival por los 20 años de Madres no fue solo un evento musical; fue la confirmación de que nuestra generación tenía la posta de la memoria. Ya luego hablar y compartir no solo entrevistas con Madres, Abuelas e H,I.J.O.S..
El mapa del horror
Con los años, la universidad, el periodismo y la investigación le pusieron nombre a los lugares por los que pasábamos todos los días. La geografía del sur del Conurbano fue para siempre distinta:
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La Comisaría de Monte Grande: Un centro clandestino en el corazón de la ciudad, parte del denominado «circuito Camps». Allí pasaron cientos de vecinos, muchos de ellos eran llevados luego a Puente 12 o al Pozo de Banfield. Fue declarada Sitio de Memoria en 2013.
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Puente 12: El epicentro del horror en el cruce de Camino de Cintura y Riccheri.
- El Pozo de Banfield (Vernet y Siciliano): Ubicado en una zona residencial, cerca de la avenida Hipólito Yrigoyen (la empedrada Pavón). Fue uno de los lugares más atroces, no solo por el cautiverio de cientos de personas, sino por haber funcionado como una maternidad clandestina. Allí, el plan sistemático de apropiación de bebés se ejecutó con una frialdad que hoy, siendo padres o vecinos de la zona, nos hiela la sangre.
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Las redadas y masacres: Entender que los operativos en nuestros barrios no eran «enfrentamientos», sino cacerías planificadas.
La Masacre de Monte Grande (Mayo de 1977)
Este es, quizás, el hecho más trágico y documentado de la localidad.
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El hecho: En la madrugada del 24 de mayo de 1977, 16 personas que estaban secuestradas en el CCD «El Vesubio» fueron trasladadas a un chalet en Boulevard Buenos Aires 1151 (en el límite entre Monte Grande y Luis Guillón). Allí fueron fusiladas en un operativo conjunto del Ejército y la Policía Bonaerense.
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El montaje: Al día siguiente, los diarios titularon que habían «abatido a 16 subversivos» en un enfrentamiento. Fue un montaje absoluto.
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La conexión local: Los cuerpos fueron llevados por los bomberos voluntarios de Monte Grande al cementerio municipal y enterrados como NN. Recién en democracia se supo la verdad.
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Entre las víctimas estaba Elisabeth Kaesemann, una socióloga alemana cuyo caso fue tan resonante que la justicia de Alemania pidió la captura de Videla por su asesinato.
Los Trabajadores Ceramistas de FAPA
Nuestra zona era un polo industrial fuerte, y la represión golpeó directo a las fábricas.
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El caso: Tres trabajadores de la fábrica de cerámicas FAPA (Bonifacio Díaz, Marta Alonso Victoria y Graciela Borelli) fueron secuestrados y desaparecidos tras el golpe.
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Homenaje reciente: Hace poco se colocaron baldosas blancas frente a donde funcionaba la fábrica en Monte Grande para señalizar su memoria. Es un ejemplo de cómo el barrio recupera su historia.
50 años después
Nacer en el 76 significa haber crecido a la par de la reconstrucción de la verdad. Hoy, como vecinos de Lomas, de Lanús, de Echeverría, nuestra tarea es que esos Hércules no vuelvan a pasar en silencio.
A medio siglo del golpe, la reflexión no es solo hacia atrás. Es entender que la identidad del Conurbano está tejida con estas historias: las de los que no están, las de los que resistieron con una revista bajo el brazo y las de quienes seguimos contando la historia para que el «Nunca Más» sea un presente continuo.

































