
Cuando uno lee El Hombre Mediocre, lo primero que aparece es una pregunta incómoda ¿Qué nos pasó como país para aceptar, casi sin resistencia, que la mediocridad sea la norma?
Por: Marcelo Pagano, dirigente de la Mesa de Comercio e Industria del Grupo Pueyrredón.
El autor, José Ingenieros, describe al mediocre como esa persona que no piensa por sí misma, que repite lo que escucha y que se acomoda para no incomodar a nadie. Es alguien que vive sin ideales, sin un rumbo propio, sin ganas de superarse. Y lo más grave: cuando esa mediocridad se organiza, frena a quienes quieren mejorar y termina dominando la vida social.
Si miramos la Argentina de hoy, es difícil no ver esa foto.
Una dirigencia —política, gremial y también parte del empresariado— que parece atrapada en el “siempre fue así”. Dirigentes que hace décadas ocupan los mismos lugares, cuidando sus pequeños espacios de poder como si fueran feudos personales, sin asumir que el país necesita un proyecto de futuro real.
Mientras tanto, la gente común, los que producen, trabajan y arriesgan, se las arreglan solos. Como pueden. En silencio. Con dignidad. Y ahí aparece la pregunta de Ingenieros:
¿Dónde quedó la ideología como ideal? ¿Dónde quedó la política como herramienta de progreso?
Ideología no es grieta: es proyecto
Hoy pareciera que la palabra “ideología” es mala palabra. Como si pensar distinto fuese peligroso. Pero Ingenieros lo planteaba al revés:
la ideología es un ideal, una hipótesis de futuro, una brújula.
No es un dogma. No es una tribuna para insultar al que piensa diferente. Es una apuesta a algo que todavía no existe, pero que vale la pena construir.
Cuando la política pierde esa brújula, se transforma en administración de la mediocridad.
Y ahí es cuando vemos lo que vemos:
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peleas internas sin sentido,
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sindicatos más enfocados en sus estructuras que en los trabajadores,
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funcionarios que se amigan o se pelean según la conveniencia del momento,
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sectores productivos que quedan afuera de la mesa donde se toman decisiones importantes.
Ese es el país del “mientras tanto”, donde nada cambia porque nadie quiere pagar el costo de cambiar.
La mediocridad no es un problema individual: es un sistema
Ingenieros decía que la mediocridad sola no lastima a nadie. El problema aparece cuando se vuelve sistema. Cuando el mediocre se agrupa, se protege, se reproduce.
Ahí se premia al obediente y se castiga al que piensa.
Ahí los mejores talentos son vistos como amenazas, no como oportunidades.
Lamentablemente, eso pasa hoy en gran parte del Estado, de los gremios y también de muchas organizaciones privadas. La falta de ideales se vuelve contagiosa.
El país necesita idealistas, no mesías
El idealista, para Ingenieros, no es un iluminado.
No es un héroe. No es alguien perfecto.
Es simplemente alguien que quiere superarse y que empuja para que la sociedad también lo haga.
Ese tipo de personas existen en la Argentina: emprendedores, docentes, pymes, técnicos, jóvenes con ganas, trabajadores que se rompen el alma todos los días.
El problema es que la dirigencia no los escucha, no los convoca y, muchas veces, los desalienta.
Un país sin ideales se estanca
Cuando la política pierde el ideal, apenas administra la urgencia.
Cuando los gremios pierden el ideal, defienden estructuras antes que personas.
Cuando el empresariado pierde el ideal, solo busca sobrevivir.
Cuando la sociedad pierde el ideal, se resigna.
Y ahí está el punto que nos tiene que sacudir:
la resignación es la peor forma de mediocridad.
Es momento de recuperar el carácter
Ingenieros insistía en que la personalidad y el carácter se educan.
No se nace con eso: se construye.
Y creo que como país tenemos que volver a construir carácter.
Carácter para discutir ideas sin miedo.
Carácter para decir “hasta acá llegamos”.
Carácter para reemplazar a los que ya no representan a nadie.
Carácter para que el trabajo, la producción y el talento tengan un lugar central.
No se trata de destruir: se trata de elevar
Este no es un llamado a romper todo.
Es un llamado a animarse a algo mejor.
A dejar de repetir fórmulas viejas que no funcionaron.
A fortalecer lo bueno y corregir lo malo sin miedo ni ataduras.
Si la Argentina quiere salir del círculo de crisis permanente, necesita un nuevo acuerdo moral:
menos mediocridad organizada y más ideales colectivos.
Ideas simples, claras y posibles, pero ideales al fin: educación de calidad, trabajo genuino, producción nacional fuerte, transparencia y respeto.
No hay país sin ideales.
No hay futuro sin carácter.
Y no hay progreso si aceptamos que la mediocridad sea la regla.
El País necesita “jóvenes con Ideales”, tú familia, amigos y vecinos también. Anímate a ser un Idealista.



































