
Entre carrozas, antifaces y bailes familiares, la ciudad celebraba cada verano al compás del Rey Momo.
Por: Federico Gastón Guerra
“Lomas de Zamora se apresta a celebrar dignamente el carnaval”. Así titulaba en portada el diario La Unión el sábado 22 de febrero de 1936, según la colección del investigador Fernando Esteban. No era una frase menor: condensaba el espíritu de una ciudad que entendía al carnaval como ceremonia cívica y celebración popular al mismo tiempo. El augurio era optimista: “el corso oficial alcanzará el éxito que cabe suponer”.
El programa de aquel año distribuía la fiesta entre el 23, 24, 25, 29 y 1° de marzo. El recorrido, ya tradicional, dibujaba un circuito reconocible para cualquier lomense: Laprida desde avenida Meeks hasta Necochea (hoy Hipólito Yrigoyen); por esta hasta Gorriti; regreso por Laprida hasta Azara y vuelta final por la entonces avenida General Rodríguez hasta Portela. La trama urbana se transformaba en escenario.
Había reglas claras. Los vehículos solo podrían ingresar si estaban “perfectamente adornados” y no se permitiría la permanencia de personas que no estuvieran correctamente vestidas. Incluso el juego con agua —habilitado por resolución policial— debía realizarse exclusivamente con pomo. Orden y alegría convivían bajo la misma consigna.
La música, indispensable, estaría a cargo de Radio Prieto, que había instalado altoparlantes a lo largo del desfile. El diario destacaba “la seriedad de la empresa concesionaria” y daba por descontada la calidad de las transmisiones.
En paralelo, se anunciaban los bailes en el Club Atlético Temperley, institución clave en la vida social de la región.
Orquestas y romerías
Pero el carnaval no se agotaba en la letra impresa. Mucho antes y mucho después de 1936, la celebración tenía memoria propia. La calle Laprida —hasta la actual avenida Hipólito Yrigoyen— se vestía de fiesta y levantaba su palco oficial en la esquina señalada por los vecinos memoriosos. Allí se entregaban premios a las carrozas más vistosas mientras el corso avanzaba entre papel picado y serpentinas.
Antonio, vecino del barrio San José de Temperley, evocaba aquellas noches como quien vuelve a escuchar una melodía lejana: “Mayormente venían algunas orquestas los días de carnaval; los sábados y domingos eran bailes con música”. Y completaba la escena con una certeza sencilla: “Había muchos disfraces, la gente la pasaba muy bien. Eran bailes familiares”.

También el antiguo Palacio Municipal abría su salón principal para romerías y encuentros danzantes. La ciudad entera unía lo público y lo íntimo en una misma celebración estival.
Si se retrocede aún más, hasta los años veinte, la banda sonora inevitable remite a aquella letra: “¡Qué progresos has hecho, pebeta! / Te cambiaste por seda el percal…”, se cantaba en 1927 en el tango Carnaval, de García Jiménez y Aieta. Aquello era eco expandido por radios y fonógrafos.
El uso de caretas y antifaces —subrayaba la prensa— garantizaba mayor animación en los barrios. El disfraz no solo ocultaba: liberaba. Permitía por unas noches trastocar jerarquías, exagerar gestos, jugar a ser otro.
Aquellos carnavales fueron liturgia compartida. Un tiempo suspendido donde la fantasía tenía permiso y la comunidad se reconocía en la risa colectiva. Hoy quedan las crónicas, las fotografías y las voces que recuerdan. Y como una resonancia lejana, la música de cada febrero vuelve a insinuarse en la memoria.





























