Las huellas de lo que leemos trazan caminos

Los libros que atravesamos a lo largo de la vida dejan marcas silenciosas: ideas, preguntas y argumentos que nos ayudan a pensar el mundo.

Por: Federico Guerra

Por estos días leo con mucho interés La lectura: una vida, el ensayo del escritor y crítico argentino Daniel Link. En sus páginas, Link repasa su formación como lector y recuerda los libros, profesores y descubrimientos que fueron marcando su camino intelectual. Mientras avanzo en esa lectura no puedo evitar pensar que algo parecido ocurre con cualquiera que haya pasado largas horas frente a una biblioteca o una mesa de luz llena de libros: nuestra historia personal también podría contarse a través de lo que leímos.

Acuerdo con Link en que hay momentos en los que uno descubre que su historia puede contarse a través de los autores y libros que leyó: páginas que nos aportaron preguntas, ideas y verdaderos calidoscopios para mirar el mundo.

Con el paso de los años, la vida de un lector se parece bastante a una caminata larga: empieza en una esquina conocida —la casa, la escuela, el barrio— y de pronto un libro abre una calle nueva que no estaba en el mapa.

A veces, incluso, ocurre algo más complejo: el lector deja de ser espectador y se vuelve protagonista de la historia. Alguna vez lo imaginé así: un hombre pasa una hoja más de la novela que tiene entre manos. El sueño lo vence, pero el relato es tan intenso que de pronto se descubre caminando en medio de una selva, escucha un rugido y enfrenta a un puma. Exaltado y somnoliento cierra el libro de golpe y apaga la lámpara. Pero en la oscuridad todavía siente un rugido y dos ojos verdes que lo miran. La literatura tiene ese poder: convertirnos, por un momento, en habitantes de otros mundos.

En mi recorrido de lecturas aparecen nombres que se volvieron compañeros de ruta. Jorge Luis Borges, quien supo sugerir que en cualquier esquina puede esconderse un universo; Julio Cortázar, capaz de volver extraordinaria una vereda cualquiera; o Roberto Arlt, con sus personajes desvelados caminando por una Buenos Aires áspera, lúgubre y fascinante. También aparece la voz de Raúl González Tuñón, cronista de cafés y madrugadas, quien alguna vez describió a Turdera con una imagen que todavía resuena: allí —decía— “cabe el pueblo en el atrio”.

Cada lectura deja sus marcas. A veces apenas en una frase que gira en la memoria como una moneda en el aire. Otras como una revelación que nos cambia la forma de mirar el mundo. Muchas solo se comprenden con el tiempo, cuando uno advierte que aquellas páginas estaban, silenciosamente, moldeando una mirada.

Algo parecido ocurre en los talleres literarios que tuve la oportunidad de coordinar en los últimos años. Allí un texto despierta otros textos: alguien lee un recuerdo familiar del barrio, la sombra de un árbol o un banco de plaza, y de pronto ese relato convoca memorias ajenas. Una imagen proyecta otras escenas y la conversación se vuelve descubrimiento compartido.

Tal vez por eso narrar el mundo sea también un modo de comprenderlo. Y cuando la pregunta aparece —para qué sirve leer— la respuesta, nunca del todo exacta, puede ensayarse así: porque, al final, las huellas de lo que leemos trazan nuestros caminos.

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