
A menudo confundimos motivación con entusiasmo pasajero, pero la verdadera clave reside en la neurobiología y la estrategia. Exploramos cómo la claridad de objetivos y el registro de pequeños avances permiten que el cambio deje de ser una obligación para transformarse en un hábito natural y con sentido.
El texto corresponde al Capitulo 1 del libro «Las raíces del cambio: conceptos claves para comprender tu proceso de transformación» de Mauro Valter, Profesor Universitario en Entrenamiento Físico, promotor de la actividad física natural. @valter.center
Etimología: La palabra motivación proviene del latín motivus, que a su vez deriva del verbo movere, que significa mover. Por lo tanto, etimológicamente está vinculada a movimiento y del sufijo –ción, que indica acción. En su raíz más profunda, motivación significa “lo que nos pone en movimiento”. Todo proceso de cambio, toda transformación personal o profesional, comienza cuando algo dentro de nosotros se mueve (Deci & Ryan, 2000).
La motivación entonces, no es solo una razón cognitiva (motivo), sino un proceso dinámico que impulsa la acción (movimiento).
Motivación: más que ganas
Durante años, se entendió la motivación como una cuestión de “tener ganas”. Pero las ganas son volátiles.
Factores que la fortalecen
Según Dweck (2006), cultivar una mentalidad de crecimiento —es decir, creer que nuestras capacidades pueden desarrollarse— potencia la motivación sostenida.
Además, los estudios de Prochaska y DiClemente (1983) sobre el cambio de conducta muestran que la motivación fluctúa según la etapa del proceso: no es igual al comenzar que al mantener el hábito.
Por eso, en lugar de depender del entusiasmo inicial, debemos aprender a alimentar la motivación con tres estrategias concretas:
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Claridad: saber exactamente qué quiero lograr y por qué.
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Progreso visible: registrar los avances, por mínimos que sean.
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Entorno favorable: rodearse de personas y contextos que acompañen el cambio.
Motivación y biología
La motivación también tiene una base neurobiológica. El sistema dopaminérgico, responsable de la anticipación de recompensas, refuerza las conductas asociadas al placer y al logro.
Esto significa que cada vez que avanzamos hacia una meta, el cerebro libera dopamina, lo cual refuerza el comportamiento y fortalece el hábito. De allí la importancia de celebrar los pequeños logros: no es un gesto simbólico, es un estímulo neuroquímico de continuidad.
Aplicada a la Medicina del Estilo de Vida
En la práctica clínica y en el entrenamiento, veo que la motivación se fortalece cuando las personas experimentan resultados tangibles en su bienestar diario: dormir mejor, tener más energía, sentir menos dolor.
El cambio deja de ser una obligación y se convierte en una forma de gratitud hacia el propio cuerpo. La Medicina del Estilo de Vida propone precisamente eso: volver al equilibrio entre cuerpo y mente, entre intención y acción.
No se trata de motivarse para hacer ejercicio o comer sano, sino de entender por qué hacerlo tiene sentido.
Reflexión final
La motivación no es un punto de partida ni el sostén de tu proceso, sino una construcción progresiva que exige compromiso interno, conexión con el proceso y la articulación de múltiples razones que le otorguen sentido, dirección y continuidad.



































