
Lo que los delincuentes se llevaron no se mide solo en pesos: el robo de utensilios de cocina y materiales didácticos deja a cientos de chicos sin su sustento diario y a docentes sin sus herramientas de trabajo.
La educación pública en el barrio Don José sufrió esta madrugada un ataque que excede lo material. Delincuentes ingresaron a la Escuela Primaria Nº 52, ubicada en la calle 441 entre Monteverde y 400, no solo para robar, sino para destruir el esfuerzo cotidiano de una comunidad que lucha día a día por sostenerse.
El botín de la crueldad
El inventario de lo robado dibuja un panorama desolador. Los atacantes se ensañaron con el área de servicios alimentarios, llevándose elementos indispensables para el almuerzo y la copa de leche de los alumnos:
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Electrodomésticos: Un televisor, un microondas y un dispenser de agua.
#POLICIALES Barrio Don José: Saquean y vandalizan la Escuela 52 de Florencio Varela https://t.co/sm0qeePvvO pic.twitter.com/S0iwKiANVQ
— DataConurbano / NET (@DataConurbano) March 3, 2026
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Batería de cocina: Ollas y diversos utensilios esenciales para el comedor escolar.
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Material docente: Rompieron armarios personales de las maestras, destrozando planificaciones y pertenencias que guardaban con dedicación.
«No roban a un edificio, le roban la comida y el futuro a los pibes del barrio», expresó con indignación una madre a la salida del establecimiento.
Un ataque al «esfuerzo pulmón»
Lo que más duele en la comunidad educativa es el origen de esos objetos. Cada elemento sustraído o vandalizado había sido adquirido mediante rifas, donaciones y el trabajo conjunto de cooperadoras y familias para mejorar la calidad de enseñanza. El vandalismo en los armarios docentes demuestra, además, una saña innecesaria que busca desmoralizar a quienes están frente al aula.
El reclamo de seguridad
Mientras las autoridades locales investigan el hecho y relevan las cámaras de la zona, los vecinos de Florencio Varela exigen respuestas urgentes. No es la primera vez que una institución de bien público es blanco de la delincuencia en la zona, y el temor a que la escuela quede «marcada» crece entre los padres.
Por estas horas, directivos y familias evalúan cómo reponer lo perdido para que el servicio alimentario no se interrumpa, aunque la herida simbólica de ver su segunda casa ultrajada tardará mucho más en sanar.






























